Rumor, el silencio del secreto.

23 de abril de 2022 por Gemma N. Escarp

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Gemma N. Escarp

El pavimento brillaba, pero no, con el típico brillo de algo lustroso, sino con la refulgencia mortecina de las calles húmedas de Sirquemón, la última frontera. Un empedrado que consistía, a día de hoy, en la precaria unión de unos viejos adoquines desgastados, ennegrecidos y desnivelados, recubiertos por un moho enfermizo, que en algún momento vivieron tiempos mejores y que revistieron ufanos, amplias avenidas. Pero ahora, todo tipo de barracas, chabolas y casuchas, se levantaban sobre ellas sin ningún orden o planificación y las verdaderas casas, que en otro tiempo fueron hermosas y de gran esplendor, se habían tornado inhabitables debido a un extremo estado ruinoso. Peligrosos tejados temblaban inconsistentes sobre sus esqueletos destrozados. Solo quedaban vestigios de algún muro labrado, con la que fue una valorada artesanía norteña, pero de la que apenas se apreciaban ya, sus grabados. Aquella ciudad que habitaban, incrustada entre montañas y altos acantilados, en otra época había sido próspera y brillante de verdad, antes de que el límite con lo maligno se acercase prácticamente hasta sus puertas.

Unos pequeños pies descalzos y sucios, permanecían inmóviles al lado de uno de esos viejos adoquines, uno particularmente resbaladizo y resquebrajado. Permanecían perfectamente escondidos entre los aperos desordenados, que se amontonaban descuidados sobre el angosto callejón, una especie de ruta serpenteante que discurría entre el caos de chamizos y puestos ambulantes. Estaban bien ocultos de ojos indiscretos y miradas acusadoras. Porque esos pequeños pies, pertenecían a un niño de muy corta edad, que mantenía la vista fija sobre la bolsa de monedas de un rico comerciante, que se había dejado caer por allí imprudentemente. Por lo tanto, esos pequeños pies formaban parte de un ladrón. Uno que estaba pensando en ese momento cosas como: ¡Menudo mercader despistado! Que arriesgado y tonto… ¿Cómo se le habría ocurrido viajar, hasta aquella vieja y fea ciudad, última linde de la tierra habitable? Pero seguro que no lo pensaba con frases como aquellas, tan elaboradas, sino más bien, con las que usaría un infante de apenas cinco años.

Pero el encargo de Fauno había sido claro:

—O me traes esa bolsa de dinero o vas directo al mercado de esclavos —tronó la voz de su amo—. Tú mismo.

Tras aquella declaración, estaba muerto de miedo. El mercado de esclavos era lo peor que le podía suceder. Lo había llegado a ver un día, de lejos. Nadie que no fuese un esclavista malgamash cruzaba sus márgenes. Logró distinguir el precario estado de las pobres personas que aguardaban su terrible destino allí dentro, sin esperanza tras sus ojos. Estaban vivos porque respiraban pero no, porque quisiesen respirar. También veía semana tras semana, cómo una columna de caravanas infestadas de almas ya perdidas, se dirigían hacia el portón norte, para nunca regresar. El portón por el que ningún humano, que no fuese entre aquellos barrotes, cruzaba. Ninguna de las precariedades que sufría ahora, se podría equiparar si acababa siendo vendido allí. Aparte, tenía un vínculo fuerte e insalvable con aquella ciudad ahora, a pesar de no haber llegado a ella hacía mucho, y no la pensaba abandonar jamás, al menos, hasta poder arreglar su situación actual.

Así que estudiaba, con la comisura de su boca seca, aquella bolsa que colgaba tentadora del costado del hombre. Ni siquiera el incauto, se estaba dignando a vigilarla. El pequeño se pasó la lengua para tratar de humedecer los labios y olvidar la enorme sed que sentía. A pesar de vivir en un lugar húmedo y sombrío, cualquier líquido que pudiera obtener libremente, era un auténtico veneno para su cuerpo. Podía pasarse días vomitando hasta llegar al borde de la muerte. Bien que lo sabía. Y el agua limpia era cara y muy difícil de conseguir.

—Posiblemente tenga un avisador —concluyó el pequeño tras su observación detallada del hombre.

No tenía un pelo de tonto él, y su víctima, por las telas con las que se vestía, bien rico era. Se podía permitir perfectamente uno de esos artefactos. No sería la primera vez que veía uno, porque a pesar de su corta edad, ya había vivido mucho. Entrecerró los ojos para afilar y enfocar mejor la mirada, aunque a simple vista, no le iba a permitir descubrir el avisador, porque en realidad no era esa su intención, más bien era para calcular el peso de lo que podía contener aquella bolsa. Quizás intercambiándola rápidamente por un fercén, tendría más que suficiente para que no saltase la alarma. Así que en esas andaba ahora, concentrado pensando en cómo robar la fruta que necesitaba, al vendedor que estaba más próximo a él. Era buena hora para un doble robo. La vida de Rumor, que así se llamaba el niño, siempre entrañaba un riesgo constante.

Jirones de niebla iban ascendiendo lentamente en espiral, dejando paso con clara pesadez al nuevo día. Aunque aquel fuera el último lugar del mundo normal, la gente se activaba temprano. Era cuando había más probabilidades de obtener algún tipo de beneficio, luego todo se tornaba decadente y retorcido, y con la llegada de la tarde, las calles se vaciaban. Ni un alma se atrevía a deambular por el exterior. Incluso los borrachos se dejaban tirados sobre el suelo de las tabernas hasta el siguiente amanecer. Habían murmullos certeros que se basaban en una gran verdad y era la de que seres misteriosos conquistaban las calles por la noche, ocultos bajo su velo y devoraban la carne de los desgraciados que no encontraban un resguardo a tiempo.

Pero aquellas historias poco le importaban a él, como tampoco aquellos jirones helados, que no le impedían perder de vista su objetivo. Tampoco le importaba la escasa tela que le cubría el cuerpo o la poca comida que lograba llevarse a la boca. Porque padecía dos desconsuelos mucho más profundos que todo eso. El segundo era que se arrepentía con toda su joven alma, de ser un ladronzuelo. El primero, era tan profundo e intenso, tan secreto, que se negaba siquiera a admitir que le estuviese ocurriendo. Aunque a decir verdad, no sabía reconocer lo que significaba del todo “padecer” porque, entre las penurias que experimentaba cada día desde que nació, y el poco discernimiento que tenía todavía para distinguir entre lo que era una pena y lo que no, no podía ni plantearse, qué sería vivir una vida sin ellas. Tampoco tenía edad suficiente, cómo para saber clasificar emociones, por lo que era incapaz de concebir su existencia, como algo poco común o tristemente precaria. No conocía otra cosa distinta que aquel tipo de vida moviéndose al margen de los demás. Así que, con su segundo gran desconsuelo, no le quedaba más remedio que robar. Con el primero, la historia cambiaba, porque trataba por todos los medios posibles, de arreglarlo, de que no estuviese sucediendo.

Se acercó más, con sus pies descalzos y en silencio, hasta la altura del mercader que le interesaba. Apenas unos adoquines más allá, del que le había estado haciendo compañía hasta entonces. Rumor estaba por completo dispuesto, a iniciar la primera parte de su plan.

Dardo, su “maestra”, le había enseñado la técnica del despiste.

—Haz suficiente ruido para desviar el centro de atención y pega el tirón cuando esté absorto en lo qué está sucediendo a su alrededor. Luego sal corriendo tan rápido como te permitan esas piernas —le explicó en su día.

Pero nunca le hizo caso. Había preferido robar siempre sigilosamente. Le parecía muy arriesgado seguir su consejo. Sobre todo porque si lo descubrían, llevaba las de perder al ser tan pequeño.

«Mis piernas son cortas —pensaba convencido—. Me atraparían en nada.»

Y él era un experto en moverse entre sombras y ser cauteloso. Por eso mismo, lo habían bautizado como Rumor, su nombre “artístico” y por el que su cofradía de maleantes lo conocía. ¿Y por qué? Porque solo quedaba tras sus hurtos, ligeros murmullos en el ambiente, que se esfumaban en cuanto nacían.

—Creo que he visto a un niño pasar —decía uno, en un momento dado—. Aunque aseguraría que era el hijo del usurero. A ese no le hace falta robar, ya lo hace su padre por él.

—Posiblemente se te habrá caído la bolsa más atrás ¿no? —aseguraba otra, en una sustracción distinta—. Esa mujer de allí dice haber visto un brillo entre aquellos cajones.

—¿Seguro que la cantidad de berines que compraste es la que dices? —preguntaba un tercero al día siguiente—. A ver si te ha estafado el mercader… he oído que no es muy fiable.

Los motes se daban porque, una vez formabas parte de la plantilla del amo, se dejaba de tener identidad propia y pasabas a ser parte de un todo, que se movía entre los recovecos del delinquir. A medida que te hacías mayor, las técnicas se volvían más violentas y los objetivos más costosos. Pero Rumor aún estaba en la primera etapa de su aprendizaje.

Dardo no lo perdía de vista ni un solo segundo. Aquella chica le daba miedo de verdad. Aunque no tanto como le daba el decrépito fauno, el amo de todo criminal, ratero o timador, que hubiese en Sirquemón. Parca en palabras, rápida en movimientos. Solo hacía que observarlo desde la distancia y eso no le inspiraba ningún tipo de confianza. Tampoco es que ella tuviese muchas más opciones que la de pertenecer a la cofradía. No envidiaba su destino, o se convertía en una eficaz asesina pronto, o la llevarían a la casa de mujeres de uso. Por suerte, no era muy agraciada y sus atributos eran muy andróginos, lo que la liberó temporalmente del destino que solían tener todas las mujeres, en aquel rincón perdido del mundo. Pero esa misma ventaja que había tenido ella hasta ahora, podía ser una terrible condena si al final, Fauno decidía prescindir de su servicio y llevarla hasta allí. No duraría mucho debido a su poco atractivo. La usarían como último recurso y para los peores clientes. Aunque también esa opción, sería una vida mejor que si la llevaba al mercado de esclavos. Por eso creía Rumor, que Dardo era tan extremadamente letal, para evitar otros destinos peores.

Pero en lugar de derivarla, un buen día, Fauno la sacó de sus tejemanejes y le encargó el adiestramiento del niño. Rumor intuyó cómo Dardo no supo qué pensar, porque no supo descifrar si aquello había sido un castigo o un ascenso. Eso solía ocurrir bajo el mando del amo. Estar lleno de incertidumbre. Pero el pequeño sí que tenía en cambio una certeza: la de que si fallaba en alguna de sus peticiones, la chica se desharía de él sin contemplaciones. Seguro que ese era el verdadero cometido de la asesina. En aquel lugar no existían segundas oportunidades y menos, maestros caídos del cielo.

Pero lo que nadie sabía, ni siquiera el viejo fauno, es que Rumor tenía un secreto. Un gran misterio que proteger. Y la presencia de la chica no hacía más que entorpecer sus pasos. Por eso mismo, debía ser mucho más listo que ella, y se las ingeniaba lo suficientemente bien, como para despistarla cuando lo necesitaba.

Al principio, antes de estar bajo su “protección”, cuando conseguía algo de comida o bebida para él, se escabullía rápidamente entre las sombras y se colaba en un sucio y maloliente agujero de la ciudad que nadie conocía, bien oculto a la vista de todos. Luego, tras su vigilancia diaria, no tuvo más remedio que derruir esa entrada para siempre y buscar otra alternativa más peligrosa, para poder acceder hasta su más terrible y recóndito secreto. Un secreto que mantenía en el más absoluto de los silencios.

1/5

Comentarios

  1. Francisco Lopez dice:

    Qué buena pluma. Me encanta tu estilo de narración. Enhorabuena.

  2. Yolanda dice:

    Aiiiix !!!!!! Que tonti estic….la valoració es 5 estrelles peró el meu dit no fa el que li dicta el meu cervell

  3. Pack Oh! dice:

    🎼Se oye un Rumor por las esquinas,
    que anuncia que va a llegar, el dia en que todos los hombres, a E*****s conoceráaaan.🎼
    (Cantar al ritmo de “Rumor”, una canción de Triana).
    Maravilloso spin off, o spin out, o lo que sea.

  4. Isabel dice:

    M’agradat molt Gemma , enhorabona

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