Rumor parte 2. La ausencia de Secreto.

1 de mayo de 2022 por Gemma N. Escarp

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Las paredes enmohecidas estaban invadidas por la hiedra venenosa típica de Sirquemón: la isquéndula. El recorrido que había llevado a Dardo hasta aquel lugar, era de muy difícil acceso, ya que a duras penas, quedaban resquicios entre sus hojas por los que poder pasar. Por eso nadie, en su sano juicio lo visitaba, excepto ella, que conocía la manera adecuada de sortearlas. Decían que aquella planta, era la culpable de decenas de muertes al año y de contaminar también, el agua de la ciudad.

La plaga vegetal apareció junto a la llegada de los malgamash y empezó a apoderarse de las calles lentamente. Unas contaminaban y mataban en silencio, los otros esclavizaban y mataban con brutalidad. Unos hechos fatídicos, de los que los sirquenos, nunca podrían ya liberarse. Parecía que los suyos, los neutrales, se habían olvidado de aquella parte tan alejada del mundo y nunca, aparecieron para rescatarlos. A pesar de lo malo, como humanos que eran, lograron adaptarse y convivir al final, con ambos infortunios. O mejor dicho, solo lo lograron, los más despiadados. Con el paso de los siglos, no quedaba una sola alma buena en aquella urbe condenada. Los que nacían llevaban en sus genes, la malicia integrada.

No obstante, cierto era, que fueron las artimañas de Fauno las que obtuvieron el frágil equilibrio. Debido a que usó, en el momento adecuado e inteligentemente, el intercambio de favores. Unos intercambios que los malignos no necesitaban, pero sobre los que se vieron envueltos, de tan insuperables que fueron sus ardides. Debido a ello, entraron en una espiral. que no dejaría avanzar a los invasores más allá de las fronteras de Sirquemón. El sátiro acabó por frenarlos, acabando con sus ansias de conquista. Por lo que a su modo también salvó, a los pueblos que iban a continuación.

Aunque quizá, la cruda realidad era que, los malignos, acabaron por valorar más la parte productiva de aquellos acuerdos, que continuar: lograban mejores frutos y sacaban más beneficio, que si acababan con la ciudad entera. Todo se redujo a un mayor resultado, con menor esfuerzo. Por eso, podría afirmarse que no fue borrada del mapa, gracias a él. Pero en cambio, sus calles acabaron convirtiéndose en una fuente inagotable de tráfico de personas. Un pago atroz, que les permitiría sobrevivir a la mayoría, un día más.

Nunca se supo con certeza, si el sátiro actuó en beneficio propio —Viendo una oportunidad de enriquecerse a costa del dolor ajeno, o si lo hizo, con el fin de protegerlos. Tras su velada mirada de criatura mágica, era imposible adivinar sus más profundas motivaciones. Al fin y al cabo, el ahora amo del submundo, estuvo presente cuando sucedió la invasión. Se especulaba que por eso, seguía habiendo vida allí. De todos modos, en la actualidad, era el único que quedaba en pie para poder corroborarlo. Por lo tanto, el recuerdo de lo que en verdad pasó, le pertenecía solo a él.

Muchos años habían pasado desde entonces y Fauno cada vez estaba más viejo, más retorcido, enraizándose a mayor profundidad y más ampliamente. Cuanto más abajo, más sucumbía a la podredumbre de la corrupta tierra y más se empobrecía su mente. No era culpa suya, ya que hundirse en la miseria, era la única forma que encontró, para poder sobrellevar el fracaso. El resultado de esa inusual longevidad —Incluso viniendo de uno de su clase—, acabó por transformarse en una especie de respeto venerable hacia él, por parte de los habitantes. Aunque sin poder concretar, si era por devoción, por miedo o por costumbre. Sus dominios eran bastos sí, pero jamás podría alcanzar, la zona prohibida, a la que tenía el acceso denegado. Por lo tanto, ¿qué significaba para la ciudad, aquella criatura? ¿Qué era en realidad? ¿Un salvador o un verdugo?

Las flores gigantes de la dañina trepadora, rojas y perennes, permanecían siempre abiertas, atentas a cualquier movimiento. Cuando lo detectaban, expulsaban de inmediato su tóxico polen, asfixiando a los incautos y despistados. Se unía a ese ataque, un segundo, el de las erupciones. Si se llegaba a rozar una de sus hojas, aparecían sobre la piel de inmediato. Era muy doloroso y acababa en un funesto y desagradable desenlace. El “comecarnes” se le llamaba a aquella dolencia.

No obstante existían unos pocos, capaces de atravesarlas sin alterarlas, alcanzando tras sus ramas, esperados refugios. Una de esos pocos, era Dardo y la guarida de esta, el templo. Así podía aprovechar en beneficio propio, la extraña calma que brindaba el lugar. Una tranquilidad que se apreciaba al margen de lo que sucediese fuera, en la bulliciosa ciudad. Se trataba de un emplazamiento en el que aquella asesina, se podía sentir a salvo, al resguardo de miradas peligrosas. Sabía que nadie se aventuraría a ir hasta allí por ese motivo y por otro más, porque visitar el edificio estaba considerado herejía y la osadía de acercarse, se pagaba con un boleto directo al mercado de esclavos. Solo se atrevía ella.

Por lo que Dardo permanecía tranquila, sentada en el suelo, justo en el centro de una antesala, que en otra época debió ser una gran recepción. Pero esta, parecía a punto de venirse abajo, en cualquier momento. Tan frágil era su estructura. A veces, la muchacha, notaba el zozobre de sus paredes, al borde de perder la delicada estabilidad que mantenían, aunque siempre acababan permaneciendo en pie. En esa disyuntiva llevaban cientos de años y ahí seguían, contra todo pronóstico. Se podría decir que eran el fiel reflejo de lo que pasaba, en esencia, en Sirquemón. Absolutamente todo se tambaleaba, rozando el punto de inflexión, hasta la integridad de los corazones que la habitaban.

Lo que la reconfortaba de permanecer allí dentro, en medio de tanta decadencia, era el delicado rayo de luz que caía desde el boquete abierto en el tejado. El baile de su haz junto a las motas de polvo, le resultaba hipnótico. Era como si una parte del universo le dijese:

 

No te preocupes, hasta en la ruina, hay esperanza.

 

Aunque para Dardo la esperanza era una quimera. Ella prefería denominarlo, solución. Una distinción que le impedía caer en la ingenuidad, debido a que era un modo de obtener el control sobre tan abstracto concepto. Una diferencia de matiz que la hacía mantenerse viva. Pero para su asombro y en contra de sus creencias, allí se encontraba absorta, deleitándose con un baile casi místico. Qué ambiguo podía llegar a ser todo. Y qué rápido se podía traspasar la línea entre lo que se podía ver y tocar y lo que no.

Estas vagas valoraciones solían manifestarse dentro de la mente de la asesina, de forma muy inusual. Se iniciaban con observaciones puntuales que acababan siendo profundas y casi transcendentales, hasta que empezaba a hacerse preguntas.

 

¿Por qué estoy aquí? ¿Para qué sirve todo esto que estoy haciendo? ¿Estaré obedeciendo a mandatos más elevados?

 

Duraba poco. Porque terminaba aturullada. Así que se quitaba de encima, cuanto antes, aquellos enrevesamientos complicados. No la llevaban a ninguna parte. Quizá en otra vida, en otro tiempo, podría permitírselos. En esta, lo que importaba era subsistir unas horas más sobre la faz del mundo. No tenía otra motivación más que esa. Simple.

Empezó a observar con atención, la pared que tenía enfrente, procurando dejar la inoportuna introspección en el olvido.

 

Eso es. Mucho mejor se decía a sí misma. Céntrate en lo que tienes delante y déjate de chorradas. 

 

Aquel muro tenía lo que, en un tiempo muy lejano, debía haber sido la entrada principal al templo. Sus gruesos portones estaban tan deteriorados y había tantos escombros obstaculizándolos, sobre todo desde fuera, que estaban atrancados y era imposible pasar. Ella en verdad, se colaba desde la parte trasera del edificio, que estaba derruida en gran parte, debido al desgaste. Para poder acceder, debía atravesar un corredor abarrotado de isquéndulas. Por fortuna, Dardo sabía la forma de cruzarlo. Conocía bien sus enredos, incluso después de los largos meses transcurridos, desde que abandonara la ciudad.

La muchacha mantenía las piernas cruzadas y los ojos cerrados, en absoluta quietud. Ahora que había regresado, trataba de aclarar, cuáles iban a ser sus siguientes pasos. Sufría un lapsus. No sabía qué había sido de Rumor y de su madre. Por lo poco que había inspeccionado las calles, no encontró al ladronzuelo en sus sitios habituales. También había comprobado, que la gente tardaba en recogerse por la noche, como si el terror al engendro nocturno, hubiese menguado. Así que monstruo e hijo, debían estar escondidos en su habitáculo, oculto en las profundidades de la zona prohibida. Pero si tenía razón, ¿por qué lo hacían? Si es que ambos continuaban en la ciudad… Y si no estaban ya en Sirquemón, pues tampoco cobraría su trabajo. ¿Pero qué diantres le había pasado? ¿Qué fue lo que embotó su instinto de asesina? ¿Tanto le ofuscó el raciocinio, aquel monstruo? ¿Cómo no se le había ocurrido cobrar una parte por adelantado?. Cuánto más lo pensaba, más segura estaba de que ejercía alguna especie de influencia o seducción sobre la gente, anulando voluntades… Porque ella, con su gran experiencia en el ámbito de lo ilícito, no cometía esa clase de errores. ¿En qué estuvo pensando para aceptar semejante misión y además, sin ninguna clase de garantía?

Cuando inició la aventura, al cruzar por el control sur de la ciudad, la incertidumbre comenzó a embargarla. Las cosas no estaban saliendo cómo cabía esperar.

Pasadas unas semanas por ejemplo, dejó de calcular cuánto tiempo estaba empleando, para cumplir el encargo de entregar la carta. Muchas veces miró hacia el cielo, buscando pistas que le pudieran ofrecer respuestas al respecto. 

Al principio lo intentó y se fue guiando por el cambio de estación. Pero pronto se dio cuenta de que aquel cálculo no servía de nada, ya que comenzó a tener distorsionada la percepción de las transiciones. Las habituales variaciones se fueron diferenciando considerablemente, a medida que fue atravesando continentes. Hasta el extremo de resultar desconocidas para ella.

Ni siquiera el paso de los días y las noches parecían durar lo mismo. Se alargaban unos o se acortaban las otras, dependiendo de su situación en el mapa, sin que Dardo entendiese muy bien el motivo.

Los parajes por los que viajó tampoco ayudaron.

Atravesó zonas de calores excesivos, sin pizca de agua, en los que su piel se abrasó y cuarteó. Espejismos de arboledas surgían desde una tierra blanca y prieta. Delirios incontrolables la invadieron y por poco no pereció por el camino.

Aprendió a base de disgustos, que debía sortear los lugares en los que llovía con tanta fuerza, siempre, que no lograba mantenerse seca y continuar se hacía impracticable. Todo se echaba a perder. Ropa, comida, calzado. La piel bajo tanta agua, se arrugaba hasta el punto de perder el tacto. Más de una vez pensó, que mejor era arrancársela y acabar con el problema.

Transitó por rutas tan insólitamente devastadoras, que incesantes tormentas de viento y fuego se sucedían una tras otra, dejando tras de sí, hectáreas de tierra carbonizada y sin vida. Apenas pudo mantenerse intacta durante aquellos días. Todo su cuerpo fue una sucesión de heridas y quemaduras.

Cruzó ríos, praderas, lagunas, desiertos… Cientos de accidentes geográficos, con los que jamás hubiese soñado siquiera que pudiesen existir.

Incluso vio ciudades, pueblos, aldeas de todo tipo y condición. Desde espeluznantes y más tétricas que la suya propia, hasta de una belleza sin parangón. Contemplar estas últimas, la dejaba sin aliento. Se trataba de una hermosura a la que no estaba acostumbrada. Incluso en alguna ocasión pensó seriamente en quedarse y abandonar. Pero alguna clase de sentimiento que no comprendía, la hacía pensar en Rumor y continuaba.

Caminó tanto, que dejó de sentir sus pies y la suela de sus botas se gastaron por completo. Lejos quedaban, sus altas montañas de picos eternamente nevados.

Por todo esto, llegó un día en el que dejó de calcular. Si hubiese sabido, lo que significaría la envergadura real de aquel trayecto, se habría negado a efectuarlo.

Una cosa era faltar un par de semanas, una situación sobre la que podría haberse inventado alguna excusa. Pero el tema se había alargado durante meses. Tonta fue por no idear un plan con antelación suficiente, que la justificase ante Fauno. Pero careció de tiempo o más bien…, de perspicacia. Cuando pensaba en ello, se enrabietaba. Cada vez estaba más segura de que su fallo solo pudo deberse, a la influencia que tuvo el monstruo sobre ella y mientras más duraba el viaje, más sabía que su falta, habría quedado al descubierto.

Por este motivo, ya de vuelta, no se atrevía a preguntar nada a los miembros de la Cofradía. Solo hacía que esconderse desde su llegada, para tratar de determinar que podía haber ocurrido durante su ausencia. A saber que represalias contra ella, habrían interpuesto. Seguro que el sátiro habría emitido sobre su persona, un búsqueda y captura y nadie, maleante o no, perdería la oportunidad de cobrarse un buen dinero. El viejo sarmentoso se lo haría pagar, bien que lo sabía ella.

La verdad fue, que cuando traspasó las Puertas del Sur en el momento de la fuga, no pensó en ninguna de aquellas posibles consecuencias. Sobre todo tras sortear el control de la guardia sin dificultad. Tan centrada estaba en el aquí y ahora, que creyó que todo iba a ser coser y cantar. 

Dardo empezó a recordar el momento de su marcha. Había logrado escapar, gracias a ir dentro de un rodillo de telas, bien envuelta. Habían taponado los orificios, con tela falsa enrrollada. Y lo habían colocado bajo otros tantos, en la parte trasera de un carro de mercancías, que iba cargado hasta los topes. Curiosamente, el que ideó el plan de huida, le facilitó un tubo por el que respirar para que no se ahogara. A parte de sentirse aplastada, allí aprisionada era fácil quedarse sin aire. Ese detalle sorprendió a la asesina. Habría sido tan fácil deshacerse de ella, sin que pudiese hacer nada por evitarlo… El porqué no lo hizo, no lo llegó a entender. Estaba claro que ella era un obstáculo para su negocio. 

Dardo empezó a pensar en él. 

Desde luego tenía que reconocer, que ese tipo conocía todas las artimañas habidas y por haber, para sortear los controles. Seguro que era un experto.

Se trataba de uno de los mercaderes más adinerados de Sirquemón. Una de las figuras importantes, que movía los hilos. Muy poco fiable. Pero a Dardo no le costó convencerlo para que la ayudara a escabullirse. ¿Y por qué? Porque aquel hombre debía a la asesina, multitud de favores.

Además, seguro que no deseaba exponerse, bajo ningún concepto, al peligro que supondría ser denunciado ante el amo del submundo. Por este motivo lo escogió Dardo. En el pasado había cometido en su nombre, trapicheos de índole “ilegal”. O sea, para ser más claros, ilegalidades cometidas dentro de lo que ya de por sí, lo eran, porque habían sido efectuadas al margen del conocimiento del fauno de las cloacas.

Esa clase de trabajos “prohibidos” que hacía Dardo, como favores a algunos mercaderes, los llevaba a cabo de vez en cuando, por si debía utilizarlos más adelante. Eran una especie de garantía de supervivencia para ella, llegado el caso. 

En resumen, chanchullos muy peligrosos, que pocos se arriesgaban a efectuar.

Dardo sabía que aquel mercader no se negaría a hacerle el favor, sobre todo si le sugería sutilmente, revelar los tejemanejes realizados. Por eso se sorprendió con lo del tubo. Tan fácil habría sido dejar que se ahogase y librarse de ella para siempre. Pero no lo hizo. Y eso se debió, lo más seguro, al temor que infundía Fauno sobre todos los sirquenos. Si el sátiro descubría a Dardo escabulléndose, el mercader podría librarse de su ira alegando cualquier excusa válida. Si la encontraba muerta entre sus propiedades, no. El Amo lo hubiese condenado siendo o no, el responsable. No soportaba que sus secuaces muriesen sin haberlo dictaminado él. Siempre morían otros a cambio, cuando eso llegaba a suceder.

Lo más seguro, es que a aquel mercader le interesase más, que ella se fuera lejos, que matarla. Y mejor todavía, si no volvía a aparecer nunca por allí. Se libraría de un gran inconveniente. Sabía demasiado sobre él y sus trapicheos.

Aunque había otro motivo por el que Dardo lo había escogido. La verdad era que a la asesina, le encantaba mortificar a aquel comerciante en concreto. Ignoraba porqué. Era una clase atracción insana, de origen incierto. Nunca supo asegurar, ni a sí misma, a qué era debida.

Sonrió al pensar en ella mientras rememoraba, la última conversación que mantuvieron ambos, antes de su fuga y sobre la que, su espíritu de asesina, aún se regocijaba.

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