Pandereteira – Relato

26 enero, 2026 por Irasema Pino Ponte

Laura Puig era aficionada a los castillos humanos en los que participaba en su tierra y, en general, en subirse a lugares altos haciendo parkour, por lo que en los 90 en su pequeño pueblo la habían calificado de chicazo durante toda su infancia. El hecho de que odiara las faldas y vestidos no ayudaba.

Al mudarse a Galicia para trabajar como peona forestal conoció a Silvia, una peluquera que la hacía flotar cada vez que le masajeaba la cabeza con champú de avellanas. Cuando Silvia le propuso unirse a su grupo de pandereteiras, en el que había habido una baja, no pudo negarse a pesar de su falta de ritmo y de interés por la música tradicional gallega. Puso una única condición: tocaría, pero en chándal. Algunas de las mujeres no estaban de acuerdo, lo consideraban una falta de decoro y un rechazo a su cultura, pero pronto demostró, contra todo pronóstico, su habilidad con el instrumento, algunas de las mujeres del grupo decían que se debía a que la pandereta había pertenecido a una meiga, que le dio forma con el corazón del árbol en el que vivía y las campanillas procedían de las flores del mismo nombre, que habían sido bañadas en acero. En el pueblo se pensaba que quien usara esa pandereta destacaría por su virtuosismo y encontraría el amor en el plazo de doce meses.

Una vez al año, el grupo iba cantando por las tabernas marineras para animar a la clientela, que le ofrecía regalos exóticos, como monedas y pulseras traídas de tierras lejanas. Un joven y atractivo marinero le ofreció a Silvia una pulsera con cola de ballena tallada en madera, según dijo, por sus propias manos cuando estuvo recluido en un puerto de un país asiático porque mostraba síntomas de una enfermedad respiratoria. A la catalana le pareció una historia a todas luces falsa, inventada por un fantasma que quería seducir a su amiga, pero ella parecía encantada y aceptó la pulsera, lo que significaba que estaba interesada en el hombre.

Una semana después, para disgusto de la catalana, Silvia y el marinero empezaron a salir. Cuando Laura se enteró, pensó en volver a su tierra y, conteniendo el llanto, tiró la pandereta en una papelera. Sin embargo, cuando se alejó un poco, una mujer rubia de ojos como el mar Caribe la recogió.

Un año después, después de que el marinero volviera de sus viajes, Silvia y él se prometieron y celebraron su boda delante de todo el pueblo.

Cuando la novia hizo su entrada, un grupo de pandereteiras colocadas a ambos lados del pasillo nupcial tocaron una canción marinera acompañadas por gaiteros. Y entre todas ellas, una pandereteira con un chándal violeta de lentejuelas y la falda tradicional gallega por encima, tocaba con entusiasmo la pandereta con la mano derecha, en cuya muñeca llevaba una pulsera con una pandereta brillante y una mujer con traje de escaladora, mientras una chica rubia de ojos claros que desprendía purpurina la agarraba por la cintura.

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