Hammer House of Horror

22 octubre, 2025 por Gemma N. Escarp

La casa del terror…

¿A quién no le viene una imagen muy concreta en cuanto se menciona ese tipo de casa? Basta pronunciarla junto a “terror” para que nos traslademos a una mansión antigua envuelta en niebla, con luces titilantes, escaleras que crujen y puertas que se abren solas… o, tal vez, nos lleve hasta ferias y parques temáticos donde los sustos siempre están garantizados.

Este fenómeno es muy común y se estudia desde los años setenta. En la Teoría del Prototipo, la psicóloga Eleanor Rosch, nos enseña que nuestra mente asocia cada concepto con una imagen ideal. En el caso que nos atañe, la casa se nos insinúa como oscura, peligrosa, repleta de presencias ocultas y un mal antiguo. Y desde otra perspectiva más clásica, la junguiana, representaría un arquetipo aún más profundo y misterioso. La casa sería la mente y el sótano o los pasillos tenebrosos, zonas reprimidas de la psique.

Por eso nos inquietan tanto las casas encantadas. No tememos solo a los fantasmas, sino a lo que se esconde cerca, incluso dentro de nosotros mismos. Y en este artículo, como veréis, hay mucho de esa mirada interna.

No obstante, si nos alejamos del inconsciente colectivo, hay recuerdos de infancia que son más íntimos, más propios. Recuerdos que se esconden entre los pliegues de la memoria esperando el momento idóneo para volver a salir a la luz con una fuerza inusitada. Lo sé porque al hacerme una simple pregunta, no he tenido ninguna duda al responderla.

¿Cuál fue la primera escena de terror que me dejó noches enteras sin dormir?

Conservo una, de niña, tan grabada que, a día de hoy, se me presenta igual de vívida que entonces. Al pensar en ella, aún me resulta espeluznante; me oprime el pecho y me provoca esa angustia soterrada que creía haber olvidado hacía años, pero que sigue estremeciéndome de una forma sutil, imposible de descartar, y me trastoca como ya pocas cosas consiguen hacerlo.

Esa fue la primera vez que experimenté terror genuino, del que nace desde la amígdala, del instintivo.

Y llevaba un impermeable amarillo.

Debía tener unos siete años, tal vez menos. En casa, un televisor marca Telefunken, enorme y pesado, con botones metálicos que hacían “clac” al cambiar de canal, se había convertido, hacía poco, en el rey de la casa. Un gran invento que me mantenía entretenida durante la merienda, mientras devoraba un trozo de pan con dos onzas de chocolate dentro. Y ya. Para de contar. Porque el disfrute no duraba mucho más después del último bocado.

Luego, el dominio de aquel fascinante aparato pasaba a otras manos. En aquel tiempo, los niños éramos los últimos monos con derecho a según que alegría. Así que me tocaba jugar en el suelo, cerca de él, disimulando, para no perderme ni un detalle de lo que se estaba emitiendo.

Pero eso no era nada comparado con las noches a solas en mi habitación.

Hasta la llegada de aquel electrodoméstico, no había grandes estímulos con los que entretenerse; solo quedaba cerrar los ojos y dormir. Pero con él, las noches pasaron de ser aburridas a expectantes. Nuevo y tentador, resonaba con su incesante murmullo impidiendo que me abrazara Morfeo. Siempre acababa escurriéndome, silenciosa, hasta el comedor, conteniendo la respiración para que no me enviaran de vuelta a la cama. Estaba decidida a aguantar estoicamente lo que hiciera falta.

Soy de naturaleza curiosa.

Me tragaba desde el eterno programa de debate La Clave —que solo conseguía arrancarme bostezos, pero del que no apartaba la vista— hasta el entretenido Un, dos, tres, con sus tacañonas al frente y sus preguntas capciosas. Y aquí voy a hacer un inciso que considero importante: a parte de ser un programa de entretenimiento, Un, dos, tres… fue creado por el mismísimo Chicho Ibañez Serrador, un director que destacó por su enorme contribución al cine fantástico y de terror en español. Porque, no nos olvidemos de su mítica película ¿Quién puede matar a un niño?. Echadle un vistazo, no tiene desperdicio. Solo la introducción ya deja tocado… y ni hablar de la trama, el enfoque, la forma, los actores, las caras… Todo.

Pero a lo que iba, volvamos a lo que me ha traído hasta aquí. Todo cambió un día… o, mejor dicho, una noche que no olvidaré jamás.

Fue un miércoles de verano cuando se estrenó cierta serie en Televisión Española. A partir de entonces, cada vez que llegaba la hora, mi madre me mandaba a dormir antes de que empezara lo que fuera que no me estaba permitiendo ver. Y a causa de esa orden —incomprensible para mí; bendita ingenuidad— se plantaron las semillas de la sospecha, la injusticia y la muy próxima desobediencia. Mi enojo se cocía en el ambiente a fuego lento…

«¿Qué querrá ver que yo no puedo?».

No tenía ni idea. Solo que el sonido habitual de la tele había cambiado. Estaba repleto de pausas inquietantes que me obligaban escuchar más atentamente y a estrujarme el cerebro para adivinar qué estaban dando. Además, a mi corta edad, no existían precedentes que pudieran explicar la fascinación repentina de mi madre por lo prohibido, o al menos por lo prohibido para mí.

Hay que entenderme. En España, durante los meses de verano, nos vamos a dormir más tarde. Y cuando llegan las diez de la noche, aún no se tiene sueño. Así que me encontraba tendida sobre la cama, mirando al techo, obsesionada con lo que estarían dando… Inaguantable. Necesitaba saber más.

Así que me incorporé, me coloqué las gafas de pasta azules y me deslicé hasta el suelo, descalza, a oscuras. No quería despertar a mi padre. Empecé a caminar por un larguísimo pasillo al que siempre temí  —por eso iba aferrada a mi oso Peposo a lo Linus de Charlie Brown con su manta—, y me quedé plantada como una estatua tras la puerta entreabierta del comedor, con el corazón a mil, espiando a través de la rendija.

La predisposición a la fatalidad no podía estar mejor anunciada. Se estaban cumpliendo todos los requisitos para sentirme condicionada por lo que fuera que tuviera que pasar.

Y allí me quedé. A expensas del destino.

En silencio.

Sin mover un músculo.

Sin permiso.

Y con la emoción a flor de piel.

La televisión estaba situada en la esquina de enfrente, así que podía ver la pantalla claramente desde mi posición. Mi madre la observaba muy atenta, sentada en diagonal y de espaldas a la puerta. No notó mi presencia y empezó lo que yo creí que era una película.

La pantalla mostró una carretera curva por la que viajaba una alegre familia cantando: “Un pijama, un pijama llevaré, llevaré”.

Me quedé atónita. Estaba preparada para presenciar cualquier cosa nefasta, menos para eso.

«Pero si es para niños… ¿Por esto me envía a dormir mi madre? ¿Qué le pasa? ¡Si está genial!».

Y claro, ¿cómo no me iba a entusiasmar algo tan normal y, en apariencia, inofensivo?

Bajé la guardia, aliviada. Pensé que la prohibición no era más que una excusa inventada por mi madre para enviarme a mi cuarto.

Hasta que en un segundo mi vida se trastocó para siempre. Apareció él. Me impactó muchísimo. Era la figura de un hombre con un impermeable amarillo, apartado a un lado de la carretera y al que no se le veía la cara bajo la capucha, convirtiéndose en el responsable de poblar, más tarde, muchas de mis pesadillas.

Tened en cuenta que las primeras emisiones en color de aquellos televisores tenían un brillo intenso y un gran contraste —especialmente en los amarillos saturados—, lo que hacía que escenas como la del chubasquero ocuparan toda la pantalla. Se veía casi fosforescente. O, al menos, así me lo pareció a mí y a mi impresionable mente.

Mis ojos, desorbitados, sospecharon desde ese instante que algo no iba bien. En apenas un minuto de emisión ya estaba paralizada en estado de shock. Como la propia Janet Lewis, la madre —interpretada por Anna Calder-Marshallcuando lo ve también por primera vez  (imagen inferior).

En el siguiente cambio de escena, aparece la luna y comienza a llover copiosamente. La familia continúa con su viaje.

El padre, Martin Lewisinterpretado por Gary Raymond—, no ve bien a través del cristal. El ruido del limpiaparabrisas, yendo de lado a lado a toda marcha, aumenta la sensación de agobio. De ahogo, incluso, según mi yo de entonces. Y de pronto, sin más, aparece la tétrica figura de nuevo, cubierta por el chubasquero amarillo, inmóvil en medio de la calzada. Casi lo atropellan. El padre, tras el susto inicial, viendo el temporal que está cayendo, decide recogerlo.

A mí, aquí, ya se me salía el corazón por la boca. Cada una de mis células gritaban en silencio: ¡Nooo! ¡Qué haces! ¡Déjalo! ¡Vete!

Pero era demasiado tarde.

Una vez dentro del coche, el misterioso personaje sigue con la cara oculta bajo la capucha. No habla. Martin intenta ser educado y entablar una conversación, pero él solo responde con un sonido gutural, extraño, como si viniera de otro mundo, y señala hacia delante.

Fue entonces cuando vi que, en su dedo anular, tenía una larga uña negra y afilada. Una garra más bien. El padre intenta mirar hacia donde le indica. En un instante, el monstruo lo agarra por el cuello y se la clava. Una gota de sangre, intensamente roja, se desliza. El coche se desvía. Gritos. Lluvia. Accidente.

Y empieza una intro muy similar a la siguiente —no he logrado encontrar la del capítulo en cuestión—:

Se escucha el título:

“Las dos caras del mal”

No pude ver más. Aterrorizada, regresé a mi habitación y me cubrí con la manta. Esa noche soñé con el autoestopista. Y a la siguiente también. Grité durante semanas. Me despertaba de golpe, envuelta en un sudor frío, palpitando de miedo. Durante años, aquel ser sin rostro se coló en mi mente.

Afortunadamente, pasó el tiempo y las pesadillas se fueron diluyendo hasta desaparecer… pero el recuerdo, no. Ese poso de terror perduró cada vez que pensaba en ello. Mi imaginación lo magnificó, estiró y deformó.

Juraría que la escena duraba media película.

Juraría que el hombre era un zombi.

Juraría que el impermeable amarillo estaba hecho jirones y lleno de barro.

Juraría que señalaba hacia una casa terrorífica…

Incluso, hasta ayer mismo, llegué a creer que todo lo que rodeaba a ese hecho era, en realidad, un constructo de mi miedo infantil. Con una base fundada en algo que había experimentado de pequeña, pero sin saber exactamente el qué, ni el por qué.

Hasta que me hice la pregunta que abría este artículo, y mi mente recuperó la imagen del chubasquero. Y, como la explosión de una supernova, supe que aquello había sido el fragmento de una película.

Pero… ¿cuál?

Averiguar más sobre ello se convirtió en un reto. Si existía, si podía dar con el fragmento, quería volver a verlo, a sentirlo, comprobar si se correspondía, ciertamente, con una película. No iba a ser un trabajo fácil. Hurgar en un recuerdo distorsionado de mi infancia podía llevarme a un callejón sin salida.

Pero ¡oh, sorpresa!, la encontré. La escena exacta. Y era verdad, no se parecía mucho a lo que mi febril imaginación había construido —por no decir nada—, pero dar con ella y reconocerla se convirtió en una avalancha de emociones encontradas. Como si una pieza que llevaba años suelta, por fin, encajara. Es un ejercicio que recomiendo. A menudo se dan por perdidas cosas que siguen ahí, esperando a que volvamos a fijarnos en ellas.

Por supuesto, quise saber más sobre su creación. Tirando del hilo, acabé por encontrar una joyita de trece capítulos que, curiosamente, encaja con la temática de este año elejida para Halloween: nuestro fantástico número 13.

No fue de extrañar que me viera el episodio del tirón. Con otros ojos, evidentemente, pero saboreando con fruición todos los matices de esas primeras series que sentaron las bases del terror que hoy conocemos.

Hammer House of Terror (La casa del terror, en castellano) comenzó a emitirse en España el 8 de julio de 1981, un miércoles. Hija del terror gótico de la legendaria productora Hammer Films, combinaba lo sobrenatural con lo doméstico.

Era televisión, pero de la que se te mete en la cabeza y no se va. Descubrirla fue como abrir una puerta que llevaba décadas cerrada. Esa misma puerta de comedor por la que miré de niña, conteniendo la respiración, mientras mi madre creía que dormía.

Y lo curioso es que esa escena —la que me dejó noches sin dormir después— no llega ni a tres minutos. Por supuesto, los efectos eran sencillos, incluso no daban ni miedo. Pero esos minutos bastaron para despertar en mí la fascinación por el terror, por lo inexplicable, por la oscuridad que se esconde tras lo cotidiano. Lo mismo que comenté al principio, y que defendía Jung: que el horror no está fuera, sino al lado; dentro de uno mismo, en lo que conocemos y amamos. Igual a lo que el capítulo quería transmitirnos.

Supongo que todos los amantes de este género tenemos ese primer despertar que nos marcó para siempre. Un miedo que, con el tiempo, se transformó en fascinación, en inspiración… y en la peor compañía.

El mío empezó con un impermeable amarillo.

¿Y el tuyo?

Aviso: pueden existir errores o imprecisiones. A pesar de haberme documentado, este texto se basa en un recuerdo muy lejano y muy probablemente distorsionado por el paso del tiempo.


Hammer Film Productions, la productora

Hablar de Hammer Film Productions es hablar de una de las productoras más influyentes en la historia del cine de terror.
Fundada en Londres en 1934 por William Hinds (bajo el seudónimo “Will Hammer”), comenzó produciendo comedias y dramas modestos. Sin embargo, fue en los años cincuenta cuando la compañía encontró su verdadero corazón: el terror gótico.

Entre 1957 y mediados de los setenta, Hammer reinventó los grandes mitos clásicos con una estética única: colores intensos, atmósferas opresivas, erotismo velado y sangre escarlata que contrastaba con los decorados victorianos. Fue la era dorada de títulos como La maldición de Frankenstein (1957), Dracula (1958) y The Mummy (1959), películas que transformaron por completo la imagen del horror cinematográfico.

Los actores Christopher Lee y Peter Cushing se convirtieron en los rostros icónicos del estudio, mientras que directores como Terence Fisher o Freddie Francis firmaron algunas de las obras más elegantes del género.

Hammer Film no solo resucitó a los monstruos clásicos, sino que dotó al terror de una nueva sensualidad, explorando lo prohibido con una puesta en escena teatral y reconocible al instante. Su sello combinaba lo siniestro con lo sofisticado, y ese equilibrio entre lo bello y lo grotesco marcó a generaciones enteras de cineastas.

Con la llegada de los años setenta, el público cambió, y el terror se volvió más moderno y urbano. Hammer intentó adaptarse con nuevos títulos y, finalmente, decidió llevar su universo gótico a la televisión.


🔍 ¿Sabías que…?

  • ¿Sabías que Peter Cushing y Christopher Lee aparecieron juntos en más de 20 películas? Muchas de ellas producidas por Hammer Film Productions. IMDb

  • ¿Sabías que Christopher Lee tenía verdadera fobia a las arañas? En la película The Hound of the Baskervilles (1959) de Hammer, con la tarántula subiendo por su brazo no es del todo actuado. TV Tropes

  • ¿Sabías que Peter Cushing afirmó no gustarle el terror o los libros de horror, aunque disfrutaba haciendo películas de Hammer porque le divertía ver la reacción del público? paulroland

  • ¿Sabías que en la película Dracula: Prince of Darkness (1966) de Hammer, Christopher Lee apenas pronunciaba líneas de diálogo porque, según él, rechazó las que le asignaron —“vampires don’t chat”, declaró él. Wikipedia

  • ¿Sabías que Peter Cushing aceptó el papel de Van Helsing o del Barón Frankenstein en parte por necesidad laboral más que por amor al género? En una entrevista confesó: “I have to admit it was simply because I had to work.” paulroland

Hammer House of Horror, una serie inolvidable

Emitida por primera vez en 1980, Hammer House of Horror fue una antología televisiva británica de trece episodios independientes producidos por la mítica casa Hammer Films.

Cada historia presentaba un relato distinto: casas encantadas, experimentos malditos, posesiones demoníacas y conspiraciones sobrenaturales. Todo ello envuelto en esa atmósfera teatral, densa y claustrofóbica tan característica de la Hammer.

Aunque la serie se alejaba de los grandes decorados de los castillos góticos, mantenía intacta su esencia: el terror psicológico, la culpa y la dualidad moral.

Lo cotidiano se convertía en pesadilla: familias aparentemente normales, matrimonios corrientes o médicos ejemplares que se enfrentaban a fenómenos o comportamientos inexplicables. Cada episodio era un pequeño espejo de los temores de su tiempo —y del nuestro—, donde el horror surgía del entorno más cercano.

La cabecera de la serie, con su casa iluminada por relámpagos y la inquietante música compuesta por Roger Webb, funcionaba como una puerta simbólica: el espectador sabía que, tras ese umbral, ya no había retorno.


Las dos caras del mal

“El hombre del impermeable amarillo” pertenece al episodio The Two Faces of Evil, dirigido por Alan Gibson y protagonizado por Anna Calder-Marshall y Gary Raymond.

La trama comienza con una familia que recoge a un misterioso autoestopista bajo una lluvia torrencial. Poco después, un accidente de coche desencadena una historia de paranoia y horror sobrenatural, donde la duda —¿quién es realmente el mal?— se convierte en el verdadero protagonista. El episodio plantea una inquietud universal: ¿y si el enemigo no fuera un extraño, sino alguien que conocemos y amamos?

A través de esa premisa, Las dos caras del mal explora el miedo a la pérdida de identidad, a la doble personalidad y a la invasión del hogar; temas recurrentes en el imaginario de la Hammer, pero trasladados a un terreno más íntimo y cotidiano.

La escena inicial del autoestopista poco fiable ayudó a crear un referente para toda una generación de artistas. La imagen del chubasquero amarillo, la extrañeza por lo que ocurre y la violencia repentina quedaron grabados en la memoria de muchos.


Ficha del episodio:

  • Título original: The Two Faces of Evil
  • Título en español: Las dos caras del mal
  • Año: 1980
  • Duración: 52 min
  • Director: Alan Gibson
  • Guion: Ranald Graham
  • Reparto: Anna Calder-Marshall, Gary Raymond, Philip Latham
  • País: Reino Unido
  • Productora: Hammer Film Productions

Puedes verlo (en versión original o doblada) en:


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