Cuando entendemos al monstruo

21 julio, 2026 por Gemma N. Escarp

¿Qué es un monstruo? ¿Dónde nace realmente? ¿Y por qué, una y otra vez, terminamos fascinados con personajes capaces de cometer auténticas atrocidades?

Es una pregunta mucho más compleja de lo que parece y probablemente una de las cuestiones que más me obsesionan cada vez que escribo, leo o consumo ficción. Porque no me interesan demasiado los héroes perfectos ni los villanos planos. Los personajes que son “buenos porque sí” me generan la misma desconexión que los “malos porque sí”. Ambos me parecen irreales y poco profundos. Prefiero los ambiguos, los rotos, aquellos que cruzan límites terribles pero cuya humanidad sigue latiendo debajo de todas sus contradicciones.

Y creo que precisamente por eso me he dado cuenta de que siempre termino orbitando alrededor del mismo tipo de historias y personajes. Historias donde el monstruo no nace necesariamente monstruo. Historias donde el horror aparece cuando entendemos demasiado bien por qué alguien termina convirtiéndose en aquello que todos juramos no llegar a ser por mucho que se tuerzan las cosas.

La acompañante

Todo empezó hace relativamente poco, una tarde cualquiera navegando por Netflix. De esas veces en las que pasas más tiempo recorriendo títulos que viendo realmente algo. Entonces apareció una película que me llamó la atención. Se trataba de La acompañante. Primero fue su imagen promocional y, después, descubrir que aparecía Jack Quaid, al que ya conocía por The Boys, esa adaptación salvaje, nihilista y profundamente incómoda del cómic de Garth Ennis y Darick Robertson que lleva años desmontando el concepto tradicional del superhéroe. Una referencia que no podía dejar escapar.

Cuando entendemos al monstruo

Con bastante sorpresa me encontré viendo un thriller con elementos de terror psicológico y ciencia ficción que juega constantemente con la desconfianza, la manipulación y las relaciones tóxicas. La película deriva hacia un juego incómodo donde la identidad, el control y la violencia emocional adquieren un papel central.

No me lo esperaba, la verdad. Tal vez por eso la disfruté tanto. A veces encuentras historias que te obligan a cuestionar cosas que dabas por sentadas.

Pero quien realmente me atrapó fue Sophie Thatcher, que interpreta a Iris, el personaje principal. No la había visto nunca antes y sentí esa extraña sensación que aparece muy pocas veces cuando descubres a una actriz con una presencia distinta. Tiene algo difícil de definir. Una mezcla entre vulnerabilidad, frialdad y oscuridad contenida que hace que no puedas dejar de mirarla cuando aparece en pantalla.

Su papel en La acompañante me pareció arriesgado y tremendamente efectivo, así que empecé a investigar más trabajos suyos. Y fue entonces cuando volví a encontrarme con ese patrón que tanto me fascina. Ese que te deja un vacío pegado a la boca del estómago mientras las letras finales empiezan a deslizarse. Un silencio extraño que tarda mucho más en desaparecer que la propia película.

Conexión entre La acompañante y Yellowjackets

Descubrí que Thatcher aparecía en Yellowjackets. Una serie que, sinceramente, jamás habría escogido por iniciativa propia, porque empieza con el típico entorno de instituto americano y ese tópico suele cansarme bastante. Sin embargo, mientras repasaba el reparto, empecé a encontrar nombres de actores y actrices a los que asocié con una serie de personajes intensos o incómodos. Ahí estaban, por ejemplo, Christina Ricci, inolvidable para toda una generación como Miércoles en La familia Addams, o Juliette Lewis, siempre ligada a perfiles extremos en películas como Asesinos natos o Abierto hasta el amanecer.

Y cuanto más tiraba del hilo sobre el resto del elenco, más veía el mismo núcleo. Una similitud subyacente que parecía sobrevolar a muchos de los personajes que habían interpretado. Sus historias eran muy distintas entre sí, obviamente, pero compartían algo esencial y es que terminaban haciendo cosas atroces no necesariamente porque fueran malvados, sino porque las circunstancias, el trauma, la supervivencia o una visión profundamente distorsionada de la realidad acababan empujándolos hacia ello.

A partir de aquí, el concepto de “villano” empieza a desdibujarse y dejamos atrás el clásico “ellos contra nosotros”. Si nos fijamos bien en sus conductas ya no observamos a un monstruo desde la distancia segura de nuestra moralidad. Lo que aparece es una interpretación mucho menos tranquilizadora del término. La certeza de que, bajo determinados contextos, cualquiera podría acabar convirtiéndose en uno.

Como defendía el psicólogo Philip Zimbardo, las personas corrientes pueden llegar a cometer actos terribles si las circunstancias, roles y contextos favorecen ese comportamiento. De hecho, esa es una de las ideas centrales de su obra El efecto Lucifer.

Creo que por eso este tipo de personajes suelen funcionar tan bien. Porque actúan como un espejo que nos obliga a enfrentar pensamientos y emociones que, por nuestra educación, se mantienen enterrados bajo capas de normas sociales. Tendemos a pensar que mantenemos controlados nuestros impulsos más básicos y primitivos. O al menos nos gusta creerlo. Y que quede claro que hablo siempre desde el terreno de la hipótesis, porque empatizar no significa asumir determinados roles como propios, significa ampliar nuestra comprensión sobre ellos.

No justificamos sus actos, pero comprendemos cómo han llegado hasta allí.

Y ese cambio de perspectiva resulta peligrosísimo. Como si descubriéramos de repente que llevamos toda la vida caminando al borde de un abismo sin haber sido realmente conscientes. Y una vez lo vemos, ya no podemos dejar de mirarlo, incluso sabiendo que podríamos llegar a resbalar dentro.

Un vértigo que encuentro agazapado en Yellowjackets, una serie que juega con cómo el trauma, el aislamiento y el miedo terminan afectando psicológicamente a sus personajes hasta convertirlos en versiones irreconocibles de sí mismos. Unos personajes que podríamos ser cualquiera de nosotros con nuestras vidas normalizadas y monótonas. Y gran parte de esa inmersión nace precisamente de la genialidad de sus actrices.

Por eso, antes de entrar directamente en la serie, quiero detenerme en el recorrido previo de algunas de ellas y en las interpretaciones más emblemáticas o controvertidas que han protagonizado. Porque fue a través de esos personajes donde empezó a tomar forma este artículo.

Miércoles de Cristina Ricci

Probablemente uno de los primeros personajes que me hizo entender, siendo niña, que la realidad admite más de una interpretación fue Miércoles Addams. A decir verdad, toda La familia Addams merecería un análisis completo.

Nacida de las viñetas satíricas de Charles Addams, la familia fue construida desde lo macabro, pero presentada desde la más absoluta normalidad. Para ellos lo monstruoso no era extraño ni perverso. Era su forma de amar, convivir y entender el mundo.

Y quizá ahí residía gran parte de su atractivo. No actuaban como villanos. Tampoco como héroes. Simplemente vivían desde un lugar distinto al normalizado. Lo que para el resto de los mortales resultaba perturbador, para ellos era cotidiano. Y esa inversión de papeles nos llevó a preguntarnos si lo familiar no es más que una cuestión de perspectivas y costumbres.

Por supuesto, la interpretación de Christina Ricci terminó quedándose grabada en la retina de toda una generación. Su Miércoles era fría, inteligente, incómoda y cruel a ratos, pero nunca la percibíamos como un monstruo. Al contrario, acabábamos entendiendo su lógica e incluso encontrando divertidas sus acciones más oscuras. Ahí reside parte de la genialidad del personaje. No encarnaba una maldad convencional, sino otra mirada diferente.

Y por esto mismo, la versión moderna de la serie Miércoles ha conectado tan bien con las nuevas generaciones. Porque sigue mostrando a un personaje auténtico y disruptivo que desafía muchas de las normas sociales que damos por sentadas. Y también porque seguimos sintiendo fascinación por quienes observan el mundo desde otro ángulo moral.

Mallory de Juliette Lewis

Años después apareció otro personaje que me impactó mucho más, el de Mallory Knox. La interpretación de Juliette Lewis en Asesinos natos fue para mí una auténtica sacudida emocional y dio justamente en el clavo de lo que hacía mucho tiempo sentía, que estaba dentro de un show en el que la bajeza moral lo justifica todo por conseguir niveles de audiencia. Un circo, vaya.

Su personaje Mallory es uno de esos que destila locura desde el primer momento. Cambia constantemente entre la euforia, la sensualidad, la fragilidad emocional y la crueldad más absoluta. A ratos parece una víctima rota por los abusos que ha sufrido; en otros, se convierte en alguien imprevisible y aterrador. Transmite ser alguien que nunca llegó a desarrollar límites emocionales sanos y que acaba abrazando el caos como única forma de libertad posible.

Además aquella película no hablaba únicamente de violencia. Hablaba del espectáculo de la violencia. Del consumo masivo del horror convertido en entretenimiento. De una sociedad que genera individuos completamente desconectados y luego convierte sus atrocidades en un fenómeno televisivo.

Y lo más transgresor es que, durante ciertos momentos, la película consigue que empatices con ellos, con su causa perdida y con la lógica interna con la que justifican sus actos. Es un Bonnie and Clyde llevado al extremo más delirante.

Ahí nació parte de la enorme polémica que la acompañó desde su estreno. Tuvo un impacto brutal a nivel cultural y durante años fue acusada de glorificar la violencia y de influir negativamente en jóvenes especialmente vulnerables. Resulta irónico, porque Oliver Stone pretendía construir una crítica salvaje hacia el espectáculo mediático del horror y hacia cómo la sociedad convierte a asesinos reales en celebridades pop. Pero algunos interpretaron justo lo contrario. La película era tan agresiva, hipnótica y excesiva que terminó generando, en una parte del público, fascinación hacia los asesinos en lugar de rechazo.

La controversia fue tan intensa que varios crímenes cometidos en los años posteriores fueron presentados públicamente como posibles casos de imitación inspirados en la película, llegando incluso a interponerse demandas contra el director y la productora. Aunque nunca pudo demostrarse una relación causal directa, el debate sobre hasta qué punto la ficción puede influir en determinados individuos continúa abierto.

Tal vez eso la hace todavía más incómoda. Porque no solo habla de personajes violentos. Habla también de nosotros como espectadores. De nuestra capacidad para consumir brutalidad desde la comodidad de un sofá mientras la convertimos en entretenimiento. Y ahí está el verdadero asunto de este tipo de ficción. Porque Mickey y Mallory no son villanos de manual. Son seres humanos destruidos, moldeados por un entorno igualmente enfermo. Y quizá por eso funcionan. Porque el terror más perturbador nace cuando reconocemos conductas humanas arrastradas al límite en el que sus actos pueden llegar a ser perfectamente posibles.

Por eso me llamó tanto la atención descubrir, años después, a Christina Ricci y Juliette Lewis compartiendo pantalla en Yellowjackets. Era casi como si una de mis muchas reflexiones sobre la oscuridad humana y sus consecuencias hubieran acabado desembocando allí de forma natural.

Sin embargo, el reparto guardaba más conexiones de las que imaginaba. Porque otras intérpretes también habían encarnado figuras que exploraban, cada una a su manera, esa frontera difusa entre la moralidad, la supervivencia y la transformación personal.

Lucy de Ella Purnell

Ella Purnell es la actriz protagonista en Fallout, adaptación televisiva de la famosa saga de videojuegos postapocalípticos, con una presencia y un aura muy concretos que traspasan la pantalla. Me parece interesante mencionarla porque su personaje en esta serie representa otra forma muy distinta de cambio. Lucy comienza siendo prácticamente una heroína “pura”, con una moralidad incuestionable y un elevado sentido de la justicia. Ha crecido dentro de un refugio gobernado por normas rígidas, es ingenua respecto al mundo exterior y está convencida de que existe una diferencia clara entre buenos y malos. Pero cuanto más se adentra en el yermo, más entiende que sobrevivir implica ensuciarse las manos y que la moral absoluta apenas existe cuando el mundo colapsa.

Lo importante de Lucy es que, a diferencia de muchos de los personajes mencionados hasta ahora, parte de una posición aparentemente intachable. Es probablemente la figura más cercana al héroe clásico dentro de este recorrido. Y por eso resulta crucial. Porque esta serie bizarra no la transforma en una villana. Lo que hace es obligarla a descubrir que la bondad también tiene límites cuando la realidad deja de ser justa. Lucy sigue intentando hacer lo correcto, pero cada paso que da la aleja un poco más de la simplicidad con la que fue educada.

Y precisamente ahí está una de las claves de Fallout. En cómo convierte el proceso de supervivencia en una lenta deformación ética. Porque quizá Lucy no esté perdiendo su moral por el camino, sino que quizá esté construyendo la primera que realmente le pertenece.

Kathleen de Melanie Lynskey

A Melanie Lynskey muchos la recuerdan por The Last of Us, la serie distópica nacida del videojuego homónimo de Naughty Dog. Allí interpreta a Kathleen, la líder revolucionaria de Kansas City. Un personaje especialmente interesante porque rompe con el arquetipo habitual del líder violento. En un primer momento parece una mujer corriente. Alguien tan discreta y cotidiana que, en circunstancias normales, apenas llamaría la atención. Sin embargo, poco a poco descubrimos a una persona completamente consumida por la obsesión y la necesidad de venganza.

Entonces, ¿qué nos ocurre cuando la supervivencia se convierte en el núcleo de nuestras decisiones?

Porque el verdadero horror no son los infectados por el hongo Cordyceps. Son las personas. La forma en que la pérdida y el dolor terminan devorando la consciencia. Los personajes sobreviven, sí, pero muchas veces lo hacen a costa de convertirse en alguien peor.

Melanie suele interpretar precisamente este tipo de personajes. Individuos dañados cuya oscuridad nunca resulta evidente al principio. Personas que no nacen monstruos, sino que se transforman lentamente bajo la presión de las circunstancias. Y entre ser prácticos y ser crueles existe una línea sorprendentemente delgada.


 

Hasta aquí, las intérpretes. Ahora toca regresar a la obra donde todas esas trayectorias parecen confluir: Yellowjackets. No porque considere que sea la mejor de todas las obras mencionadas, sino porque allí terminan desembocando tanto los personajes que han ido interpretando como la reflexión que dio origen a este artículo.

Yellowjackets

**Aviso de spoilers**
A partir de este punto el artículo analiza en profundidad *Yellowjackets* y hace referencia a acontecimientos relevantes de la trama y a la evolución de varios de sus personajes. Si todavía no has visto la serie y prefieres descubrirla sin conocer esos detalles, quizá sea mejor que regreses a esta lectura cuando la hayas terminado.

Al principio tuve una relación muy complicada con la serie. La referencia al accidente aéreo de los Andes era demasiado evidente para mí. Yo había escuchado la noticia y leído Viven muchísimo antes de ver las películas y siempre me impactó profundamente aquella tragedia real. Por eso, cuando empecé a verla, sentí rechazo. Pensé que habían convertido un horror humano ocurrido de verdad en un drama adolescente americano lleno de clichés de instituto. Estuve a punto de abandonarla en el primer episodio.

Pero seguí viéndola por el reparto.

Poco a poco entendí que la serie estaba intentando hablar de algo muchísimo más profundo.

No trata solo sobre un accidente aéreo. Tampoco sobre un grupo de adolescentes perdidas en mitad de un bosque. Trata sobre lo que ocurre cuando desaparecen las estructuras que sostienen nuestra forma habitual de entender el mundo. Cuando el hambre, el miedo, el aislamiento y el trauma empiezan a decidir por nosotros.

Fue entonces cuando tuve la sensación de que ya no estaba viendo una serie de supervivencia. Estaba viendo distintas respuestas a una misma pregunta.

¿Qué ocurre cuando el ser humano deja de comportarse como cree que debería hacerlo?

Sigmund Freud identificaba el “ello” como la parte más primitiva de la mente, dominada por impulsos básicos y deseos ajenos a cualquier consideración moral. Y, aunque la serie nunca pretende ilustrar literalmente su teoría, gran parte de Yellowjackets pivota sobre esa idea primaria. Sobre el momento en que las normas aprendidas dejan de sostenerse y cada personaje encuentra una forma distinta de relacionarse con esa parte más instintiva de sí mismo.

Ellas mismas terminan llamándolo “Lo salvaje” o incluso “Ello”. Y cada una responde a esa irrupción de un modo diferente.

Algunas intentan darle un sentido.
Otras luchan por contenerla.
Otras descubren que siempre había estado allí.
Y otras acaban aceptándola como parte de sí mismas.

Y es precisamente ahí donde la serie encuentra su mayor riqueza.

Lottie. La búsqueda de sentido

La primera en enfrentarse a esa parte más instintiva de sí misma es Lottie.

Interpretada en su juventud por Courtney Eaton, pierde el acceso a su medicación poco después del accidente y comienza a interpretar señales donde las demás solo ven casualidades. Empieza a hablar de una presencia. De una voluntad que parece habitar el bosque. De algo antiguo, hambriento y difícil de definir que exige sacrificios y ofrece recompensas.

La serie nunca responde de forma definitiva qué está ocurriendo.

¿Estamos viendo a una joven construyendo una narrativa para soportar el trauma? ¿A alguien capaz de percibir una realidad que los demás no alcanzan a comprender? ¿O simplemente a una enferma que delira?

Precisamente ahí surgió una de las mayores controversias de la serie. Parte de la crítica consideró que esa aproximación podía interpretarse como una romantización de la psicosis, al difuminar la frontera entre la enfermedad mental y una posible experiencia trascendente.

Pero quizá la verdadera pregunta sea otra.

Porque, más allá de cualquier explicación sobrenatural, Lottie representa dos necesidades profundamente humanas. La de encontrar un significado cuando el caos lo devora todo y la de pertenecer a un grupo. Durante la mayor parte de nuestra historia, pertenecer al grupo no era una elección. Era la diferencia entre sobrevivir y quedarse solo frente a un entorno hostil. Quizá por eso el ser humano ha aprendido a hacer enormes concesiones con tal de no ser expulsado de él.

Y fue precisamente esa idea la que me llevó a detenerme en una escena muy concreta. Una conversación entre la Lottie adulta, interpretada por Simone Kessell, y su psiquiatra. Porque es ahí donde muchas de sus decisiones empiezan a verse bajo una luz completamente distinta. Describe esa conexión con lo primitivo como algo maravilloso y aterrador al mismo tiempo, pero también como la experiencia que la hizo sentirse más viva de lo que jamás había estado y que le dejó un vacío imposible de volver a llenar.

Sin embargo, quien terminó dejándome pensativa no fue Lottie, sino su psiquiatra.

“Dímelo tú. ¿Una caza sin violencia alimenta a alguien?”

Me quedé unos segundos helada tras su pregunta.

Porque, en el fondo, toda forma de supervivencia implica algún tipo de sacrificio. La naturaleza nunca ha sido amable. Hemos aprendido a vivir protegidos de muchas de sus reglas y eso hace que, a menudo, olvidemos el precio que siempre se ha debido pagar en el mundo natural.

Quizá el autocontrol y la contención de nuestros impulsos más básicos sean precisamente lo que nos permite convivir en sociedad. Pero, ¿hasta qué punto forman parte de nuestra naturaleza y hasta qué punto son construcciones que hemos aprendido para hacerlo posible? ¿Qué ocurriría si esas barreras desaparecieran de repente?

Prefiero no averiguarlo.

Natalie. La resistencia

Si Lottie necesita encontrar un significado, Natalie intenta conservar la lucidez.

Interpretada por Sophie Thatcher en su juventud —la actriz que terminó dando origen a este artículo—, comprende antes que nadie que el bosque las está cambiando. No intenta explicarlo ni convertirlo en una creencia. Se adapta porque entiende que sobrevivir exige asumir un papel dentro del grupo. Caza, participa y hace lo necesario para seguir con vida.

Pero hay una diferencia fundamental respecto a las demás. Natalie nunca deja de considerar lo ocurrido como una tragedia. No busca justificarlo ni encontrar un relato que le permita convivir con ello. Simplemente carga con las consecuencias. Esa es su forma de resistirse.

En su versión adulta, interpretada por Juliette Lewis, esa resistencia termina transformándose en culpa, adicciones y una incapacidad casi absoluta para reconciliarse con quien llegó a ser. Porque sobrevivir no siempre significa salir indemne. A veces, las heridas más profundas son precisamente las que nadie puede ver.

 

Jackie. La negación

Interpretada por Ella Purnell, Jackie encarna todo aquello que pertenecía al mundo anterior al accidente. Era la líder natural de un sistema de normas y jerarquías que todas comprendían. La popularidad, las convenciones sociales e incluso la ilusión de que el futuro todavía podía planificarse.

Mientras las demás empiezan a transformarse, ella se aferra a ese mundo, convencida de que todavía puede recuperarlo. Pero el bosque no destruye el liderazgo. Lo redefine. Poco a poco impone unas reglas distintas, donde la autoridad ya no nace del prestigio, sino de la capacidad para sobrevivir. Jackie nunca consigue encontrar un lugar dentro de ese nuevo orden.

Por eso termina convirtiéndose en el símbolo de una verdad incómoda. Hay mundos en los que negar el cambio no basta para detenerlo. Quienes mejor representaban el antiguo equilibrio son también, a menudo, los primeros en desaparecer.

Misty. La ambigüedad moral

Y después está Misty.

Probablemente el personaje que más me desconcierta de toda la serie.

Interpretada por Samantha Hanratty en su juventud y por Christina Ricci en la etapa adulta, desafía constantemente cualquier intento de clasificarla como buena o mala.

Es capaz de cuidar con una entrega absoluta y, unos minutos después, manipular a quienes la rodean sin el menor reparo. Sus actos oscilan continuamente entre la ayuda y el control, hasta el punto de que resulta casi imposible juzgarla sin experimentar, al mismo tiempo, rechazo y compasión.

Misty nunca encontró un lugar donde sentirse necesaria. Cuando por fin descubre que alguien depende de ella, se aferra a ese vínculo con una intensidad que termina desdibujando cualquier límite moral.

Y es precisamente ahí donde reside su mayor inquietud. No porque sea fácil etiquetarla como una psicópata, sino porque nos obliga a preguntarnos cuánto de nuestras decisiones depende realmente de la empatía… y cuánto de la necesidad de sentirnos importantes para alguien.

Shauna. La adaptación

Y finalmente aparece Shauna.

Probablemente el personaje más complejo de toda la serie.

Interpretada por Sophie Nélisse en su juventud y por Melanie Lynskey en la etapa adulta, se convierte poco a poco en el eje emocional de gran parte de la historia. A diferencia del resto, no parece responder desde el principio a un único impulso. Su transformación apenas se percibe porque nunca llega a romper con quien era. Simplemente sigue avanzando. Cada decisión la aleja un poco más de la adolescente insegura que vivía a la sombra de Jackie y la acerca a alguien capaz de asumir una realidad que ninguna de las demás habría imaginado.

Pero quizá ahí resida precisamente su diferencia. Shauna no encuentra un significado para lo ocurrido, tampoco consigue olvidarlo ni se aferra al pasado. Aprende a convivir con ello. Integra cada una de sus contradicciones hasta convertirlas en parte de sí misma.

Por eso su historia resulta tan inquietante. Porque nos recuerda que la adaptación no siempre consiste en superar lo que hemos vivido. A veces significa aceptar que esas experiencias también nos han cambiado y que ya no existe un camino de vuelta hacia la persona que fuimos.

Credit: Jack Kelly Clark, UC IPM

Sin embargo, lo más perturbador de la serie no es la violencia, ni siquiera la deriva hacia el canibalismo. Es descubrir que ninguna de ellas consigue dejar atrás a la persona en la que se convirtió en el bosque. Cada una afronta esa transformación de una forma distinta y ninguna encuentra una solución plenamente satisfactoria.

Lottie busca un significado. Natalie carga con la culpa. Jackie niega el cambio. Misty desdibuja los límites morales. Shauna aprende a convivir con quien se ha convertido. Cinco maneras distintas de enfrentarse a una nueva realidad.

No deja de resultar significativo que el propio título remita a las avispas conocidas como yellowjackets, insectos sociales que viven en grandes colonias organizadas alrededor de una reina, en las que el bienestar del grupo prevalece sobre el individuo.

Quizá por eso la serie no habla realmente del bosque, ni del hambre, ni siquiera de aprender a sobrevivir. Habla de lo frágil que puede llegar a ser aquello que creemos ser cuando desaparecen las normas que sostenían nuestra identidad.

No es que sea la mejor serie sobre el monstruo humano. Es que es la única de todas las obras que he analizado donde el monstruo adopta cinco formas distintas. Quizá por eso se convierte en el punto donde confluyen todas las reflexiones que han recorrido este artículo.

Conclusiones

Después de transitar por todas estas historias, solo me queda señalar que tal vez la ficción contemporánea lleve años intentando decirnos algo incómodo. Que el egoísmo, la crueldad, la violencia o el simple instinto de supervivencia forman parte de nosotros mucho más de lo que nos gustaría admitir.

Por eso empatizamos con determinados antagonistas. Porque no los vemos como figuras completamente ajenas. Los vemos como posibilidades. Como reflejos deformados de algo que podría existir dentro de cualquiera de nosotros bajo determinadas circunstancias.

Y quizá por eso esta clase de personajes funcionan tan bien. Porque no buscan justificar el mal. Tampoco glorificarlo. Lo que hacen es obligarnos a observar de cerca una parte de nuestra naturaleza que normalmente preferimos ignorar.

Eso no significa que todas las obras funcionen igual de bien. Yellowjackets, por ejemplo, nunca terminó de convencerme por completo. Encuentro que deja demasiados cabos sueltos y que, en ocasiones, parece alargar ciertas tramas más de lo necesario. Pero incluso con esas reservas consiguió dejarme algunas de las reflexiones más interesantes de todo este recorrido.

Tal vez el monstruo más aterrador no sea el que vive en la ficción.

Tal vez sea el que permanece oculto bajo nuestra civilizada apariencia.

Y comprenderlo no significa justificarlo, sino reconocer que nunca estuvo tan lejos de nosotros como nos gustaría creer.


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