Ganador del 1er Certamen de microrrelatos Edición Navidad

30 diciembre, 2025 por Certámenes - Equilibria

La campanilla del ahorcado

de Antonio Fabián Benítez

—La aldea, poco a poco, vuelve a quedar desierta, gélida y muerta. Debemos irnos ya, hija mía, pues así sucede desde aquel maldito solsticio de invierno que tuvo lugar hace ahora un siglo. Cuando la campanilla colgante del árbol del ahorcado suena con el primer soplo de aire frío, los aldeanos debemos marchar hacia lugar seguro y abandonar estas tierras execrables.

—Pero, padre, ¿por qué debemos irnos de nuestro hogar siempre en estas fechas?

—Son las consecuencias a pagar cuando se ahorca a un inocente, que no tuvo más culpa que la de haber nacido deforme y con una inteligencia justa. Nicholas Chambers se llamaba. Nacido bajo el amparo de una familia huraña, siempre fue repudiado por todos. Algunos juraban que su aspecto físico era debido a que su madre mantuvo relaciones carnales con el maligno, mientras que otros, simplemente, lo calificaron de castigo divino. ¿Su crimen? Entrar en una casa y robar un bastoncillo de azúcar. El juicio fue rápido, teniendo el beneplácito del alcalde y el alguacil. Se dijeron muchas blasfemias ese día, como que el joven entró para matar o aprovecharse de la pobre mujer… Mentira. Tan solo accedió llevado por el olor de las galletas de mantequilla y los bastones de azúcar recién hechos. Un gesto tan inocente como puro. Los alocados vecinos de la aldea, frente a la puerta de la casa del alcalde, aclamaron a la sangre y a la muerte. No hubo ni una pizca de empatía ni perdón por el joven Nicholas. Y por ello se le condenó a la peor de las muertes: morir ahorcado en el árbol de la plaza central.

—Vaya… ¿Y nadie lo impidió?

—Sarcásticamente, sí. La única persona que intentó detenerlo fue la propia víctima del robo, pero fue en vano. Tomaron la soga y la pasaron por la rama más gruesa del árbol, la aseguraron firmemente alrededor del cuello del chico y… tiraron con fuerza, elevando al muchacho entre gritos de agonía. En un instante, el joven había abandonado este mundo. Lo dejaron allí, colgado, para que los pájaros carroñeros se deleitaran con su carne como advertencia. A la mañana siguiente, con el primer rayo de sol que inundó la plaza, el cadáver desapareció, dejando en su lugar la campanilla que ya conoces. Muchos afirmaron que fueron los padres quienes lo retiraron y colocaron la pequeña campana, pero yo sé la verdad y, ahora tú, también la sabrás. Fue la señora Valeria, la misma que hornease las galletas y los bastoncillos de azúcar, quien se lo llevó para darle sepultura, colocando el maldito tintinábulo en el árbol como amuleto sacro para implorar el perdón y ahuyentar el alma sedienta de justicia de un inocente injustamente asesinado.

—¿Valeria? ¿No es así como se llamaba la abuela?

—¡Shhh, calla! Y vámonos ya de este condenado lugar, pues ya no tardará en regresar.

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Comentarios

  1. Enhorabuena por el premio, está muy bien el relato.

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