Cuando 3 fantasmas vienen a verme

24 diciembre, 2025 por Gemma N. Escarp

Hay relatos que siempre regresan en Navidad, repitiéndose año tras año y algunos ya no vuelven solo como simples tradiciones, sino que van más allá y se incrustaron en nuestra forma de pensar, de recapitular, de sentir el mundo como una reflexión interna de nuestra propia existencia.

Nietzsche hablaba de ese fenómeno —el eterno retorno— a través de una imagen poderosa en Así habló Zaratustra: un enano, der Geist der Schwere, “el espíritu de la pesadez”, que se posaba sobre los hombros del protagonista. No era una criatura física, sino el símbolo de aquello que nos aplasta: el peso del pasado, la culpa, las ideas rígidas que nos impiden avanzar. Ese enano representaba la fuerza que susurra que todo vuelve, que nada se pierde del todo, que debemos enfrentarnos una y otra vez a lo que somos.

Algo parecido ocurre con ciertos cuentos navideños. No solo forman parte del calendario, sino que se instalan en la memoria como un aprendizaje subliminal. Aparecen cuando los cascabeles repiquetean, cuando el frío se adhiere al asfalto y al cemento de nuestras ciudades, cuando las tradiciones de siempre vuelven a colarse en nuestros hogares y a recordarnos quiénes fuimos… o quiénes podríamos ser.

Pero no todo es alegría. La Navidad tiene esa cualidad contradictoria. Despierta hermosos recuerdos infantiles, pero también aviva añoranzas, duelos y silencios. Ese contraste emocional, tan humano y frágil, fue magistralmente capturado por los grandes autores del siglo XIX, que supieron extraerlo y transformarlo en literatura.

Así, mientras las ciudades se adornan, las obras se llenan cada año de espectros, monstruos o niños desvalidos, como en La pequeña cerillera, de Hans Christian Andersen—un relato que ya abordé hace dos años.

Sin embargo, entre todas esas figuras, hay unos fantasmas muy concretos que siempre regresan, y que hoy funcionarán como el eje que une este artículo. Se mueven casi al estilo del espíritu nietzscheano que insiste en repetir los ciclos. Son los tres espectros que Charles Dickens introdujo en Cuento de Navidad (A Christmas Carol). Tres presencias que no vienen a asustar sin más, sino a revelar algo incómodo y necesario.

Si Andersen nos mostró la vulnerabilidad absoluta de la infancia abandonada a su suerte, Dickens eligió otro camino. Nos obligó a enfrentarnos a la dureza que nace dentro de nosotros mismos. Ambos relatos son complementarios ya que uno que refleja la injusticia del mundo y el otro revela la responsabilidad que tenemos de cambiarlo. Uno nos hace llorar por quien no tuvo una oportunidad; el otro, por quien casi la desperdicia.

El cuento de Dickens podría clasificarse como relato navideño, pero sería simplificarlo. Es una fábula moral, un viaje reflexivo, un aviso para quien ha olvidado lo esencial. Y, al mismo tiempo, es una historia que se lee con respiración contenida. Porque Dickens no escribía por escribir. Escribía para despertarnos.

Este artículo nace de esa necesidad de volver a esa premisa que lleva casi dos siglos recordándonos que la bondad tiene consecuencias, al igual que la indiferencia, y de plantearnos qué hemos estado haciendo con nuestra vida. Un cuento que supuso un cambio de paradigma dentro de la literatura y la cultura popular y que, en mi caso, marcó a una lectora que descubrió demasiado pronto que la fantasía no siempre llega en forma de dragones, sino que a veces aparece envuelta en cadenas, como el espíritu de Marley, antiguo socio del protagonista, con el sonido arrastrado de aquello que cargamos —consciente o inconscientemente— a lo largo de la vida. Un fantasma que bien podría asemejarse al enano de Niezstche por lo que representa.

“Yo mismo formo parte de las causas del eterno retorno de las cosas. Retornaré con este sol, con esta tierra, con esta águila, con esta serpiente, no para una nueva vida, ni para una vida mejor o parecida. Retornaré eternamente para esta misma vida, idénticamente igual, en lo grande y también en lo pequeño, a fin de enseñar nuevamente el eterno retorno de todas las cosas…”

—Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra.

Charles Dickens, de la oscuridad a la luz

Hablar de Dickens es hablar de un autor que parecía tener demasiadas vidas dentro de una sola.

Nació en 1812, en Portsmouth, y creció entre estrecheces, deudas familiares y un Londres que devoraba a quienes no podían seguir su ritmo. Su padre acabó en prisión por deudas, y aquel episodio marcó a Dickens para siempre. No escribió desde la imaginación, escribió desde la experiencia. Desde la pobreza, el trabajo infantil, los barrios marginales y el dolor callado que más tarde convertiría en historias.

Su obra suele clasificarse dentro del realismo victoriano, pero reducirlo solo a eso siempre me ha parecido insuficiente. Dickens escribía sobre el mundo real, sí, pero lo hacía desde la perspectiva de alguien que sabía que la realidad también puede ser una jaula. Y en esa jaula había monstruos: desigualdad, indiferencia, deshumanización. Por eso sus libros se leen con esa mezcla de denuncia, ironía y compasión casi obstinada.

Además de las novelas que le dieron un lugar propio en la literatura, Charles Dickens escribió cinco novelas cortas dedicadas a la Navidad, todas ellas con componentes fantasiosos o mágicos: Cuento de Navidad, Las campanadas, El grillo del hogar, La batalla de la vida y El hechizado. Estas cinco obras conforman lo que hoy se conoce como los Cuentos de Navidad, escritos entre 1843 y 1848.

A ellas se suma un sinfín de artículos, relatos breves y colaboraciones publicados en sus revistas literarias (Household Words y All the Year Round), muchos de los cuales también giraban en torno al invierno, la festividad o fenómenos sobrenaturales, y que con el tiempo han sido recopilados en múltiples antologías navideñas. Piezas todas ellas magistrales, que dejan entrever hasta qué punto estas fechas eran importantes para él.

Cuando escribió Canción de Navidad, en 1843, no estaba pensando en un cuento amable para entretener a las familias durante las fiestas. Estaba pensando en los niños que trabajaban en fábricas, en los ancianos olvidados, en los barrios que Londres fingía no ver. Dickens conocía las escuelas para pobres, prisiones, asilos. Lo que vivió en ellos, lo dejaron marcado para siempre. Por eso creyó que la literatura podría ser el instrumento que removiera conciencias. Y vio en la Navidad una oportunidad perfecta, una fecha en la que incluso los más intransigentes y autoritarios se ablandan con esa aura de que en lo más duro del invierno se puede encontrar la calidez de las buenas obras, aunque sea apenas por un instante.

Por eso escribió este relato:

no para consolar, sino para incomodar;
no para hablar de milagros, sino de responsabilidad moral;
no para inventar monstruos, sino para recordarnos que ya convivimos con los nuestros.

Y aun así, lo hizo con esperanza.

Porque Dickens siempre tenía luz tras la oscuridad.  Quizá porque sabía, mejor que nadie, lo que era necesitarla.

Cuando el primer fantasma vino a verme

Si pienso en mis primeras influencias literarias, siempre vuelvo a Oliver Twist. Esa mezcla de inocencia, miseria y coraje me acompañó desde muy pequeña, mucho antes de que entendiera del todo lo que Dickens quería decir.

Tal vez por eso, cuando más tarde cayó en mis manos su Cuento de Navidad, no recuerdo la versión, pero posiblemente fuera un cuento de los que pillaba prestados en la biblioteca de mi colegio, no necesité que nadie me convenciera para leerlo. Lo devoré con la misma avidez con la que un niño hambriento, al igual que los de la época victoriana, devoraba un trozo de pan.

Cuando los fantasmas vienen a verme

Recuerdo perfectamente aquella sensación. El silencio de la casa, la habitación a oscuras, y yo escondida bajo las sábanas, apenas iluminada por una linterna de las antiguas con forma de petaca —esas que funcionaban con una pila de 4,5V, pesada, metálica, de las que ya no se hacen— Al igual que la imagen recurrente de muchas películas de miedo, es increíble como los niños de todo el mundo tienden a establecer los mismos comportamientos, convencida de que aquella pequeña cueva de tela me protegería de los fantasmas que Dickens había convocado.

Y, aun así, tenía miedo.

No del tipo de miedo que paraliza, sino del que te obliga a seguir leyendo porque intuyes que detrás de él hay algo más. Las apariciones del Fantasma del Pasado, del Presente y del Futuro me estremecieron de verdad. Me parecieron sumamente terroríficas en mi mente infantil, y que además, llevaban dentro una verdad incómoda de aquellas que tratamos de evitar mirar porque está ahí por nuestra culpa, por cómo somos y nos hemos comportado.

Incluso siendo niña entendí la moraleja. O, al menos, la entendí lo suficiente para saber que las acciones tienen un peso. Que lo que hacemos repercute en quienes nos rodean, para bien o para mal. Y esa idea me atravesó de una manera que todavía hoy me parece importante tener en cuenta. Me tomé la responsabilidad muy en serio. Quizá demasiado. Porque, mientras yo intentaba hacer lo correcto, parecía que el mundo no seguía las mismas reglas… y no siempre me entendía.

Aun así, salvo excepciones que terminaron mal —como suelen terminar las cosas cuando una pone demasiado corazón donde no debe—, mantuve aquel propósito. Ese compromiso silencioso de intentar ser mejor de lo que había sido el día anterior. Quizá porque en algún lugar, muy dentro, los fantasmas de Dickens aún me acompañan.

Y cada invierno, cuando vuelvo a leer sobre él, siento que regresan para que nunca lo olvide.

Un cuento que lo cambió todo

Hay relatos importantes e influyentes, pero pocos pueden presumir de haber cambiado la forma en la que entendemos algo tan arraigado como la Navidad. Canción de Navidad no solo se convirtió en un clásico literario, se transformó en un fenómeno cultural, en una pieza que moldeó tradiciones, inspiró obras posteriores y reconfiguró parte del imaginario colectivo moderno.

Antes de Dickens, la Navidad victoriana no era esa celebración cálida y familiar que hoy conocemos. Las fiestas se vivían con moderación, sin el énfasis afectivo y comunitario que ahora asociamos a ellas. No fue Dickens quien inventó esta visión, pero sí fue uno de los autores que más contribuyó a popularizarla y extenderla, primero en Inglaterra y después en medio mundo. Su relato colocó en primer plano ciertas ideas en la sociedad de su tiempo y terminaron integrándose en lo que hoy llamamos “espíritu navideño”.

La historia del relato es bien conocida: el avaro Ebenezer Scrooge, incapaz de sentir compasión por nadie, recibe la visita del fantasma de su difunto socio, Jacob Marley, quien le advierte de su destino si no cambia su vida. Esa misma noche, tres espíritus —el del Pasado, el Presente y el Futuro— le muestran diferentes etapas de su vida, aquello que fue, lo que ha dejado de ver y lo que aún podría llegar a ser si sigue el mismo camino.
Es un viaje perturbador, íntimo y simbólico que culmina en una transformación moral.

A través de esta estructura, Dickens ayudó a fijar la idea de la Navidad como un tiempo de reflexión y reconciliación y le otorgó valor a la caridad y a la empatía. Lo que escribió no fue simplemente una historia festiva, y la sociedad respondió.

A partir de su publicación en 1843, comenzaron a aparecer innumerables adaptaciones teatrales, muchas de ellas estrenadas apenas semanas después de la salida del libro. El público quería verlo representado, escucharlo, revivirlo. Desde entonces, cada generación ha encontrado su manera de contarlo de nuevo.

🔍 ¿Sabías que…?

La configuración de la Navidad contemporánea fue el resultado de varios factores convergentes durante el siglo XIX:

Influencia de la monarquía británica

La reina Victoria y el príncipe Alberto introdujeron en el Reino Unido diversas tradiciones alemanas, como el árbol de Navidad, la decoración del hogar y las reuniones familiares formales.

La difusión mediática de estas prácticas —a través de grabados y publicaciones— favoreció su rápida adopción por parte de la sociedad británica.

Impacto de la revolución industrial

La mejora relativa de las condiciones laborales y la aparición del tiempo libre estructurado permitieron definir nuevas prácticas festivas.

La noción moderna de la infancia, entendida como etapa diferenciada y protegida, propició la aparición del intercambio de regalos, las tarjetas navideñas y la comercialización estacional.

Precedentes literarios

Washington Irving, en The Sketch Book (1819–1820), describió una Navidad doméstica, reposada y tradicional, influyendo en el imaginario festivo anglosajón.

Personajes como Scrooge pasaron a formar parte del imaginario. La figura del avaro transformado, del hombre endurecido que recibe una segunda oportunidad, se convirtió en un arquetipo narrativo. Y las tres visitas fantasmagóricas —pasado, presente, futuro— crearon un esquema narrativo tan poderoso que todavía hoy muchos autores y guionistas lo emplean como plantilla para sus historias.

El impacto no terminó ahí.

Muchísimas obras posteriores beben directamente de este cuento. El motivo es sencillo: Dickens no escribió solo una historia sobre fantasmas. Escribió una historia sobre la humanidad. Y las historias que hablan de lo humano, con sus luces y sus sombras, tienden a perdurar. Este cuento dejó una huella tan profunda que hoy forma parte de nuestra idea moderna de lo que significa “espíritu navideño”. La cultura popular lo reinterpreta cada año, a veces con fidelidad y otras con total libertad, pero siempre reconocemos el origen al mirar detrás de cualquier versión.

Es, en esencia, uno de esos relatos que no envejecen porque siguen diciendo exactamente lo que necesitamos escuchar, incluso cuando preferiríamos no hacerlo.

Nos hemos de preguntar ¿es un relato fantástico? 

Resulta curioso cómo, con el paso del tiempo, A Christmas Carol ha quedado encajado dentro de la literatura navideña, casi como si fuese un relato costumbrista con un toque moral. Lo que se conoce como un clásico, entrando a formar parte de otra liga, supuestamente más de caché y con este comentario no quiero quitarle ni un ápice de la obra maestra qué es, pero a veces, la línea queda difuminada entre dos conceptos de entender la literatura que yo considero injustos y que toca ya ir cambiando esa visión. Porque las especulativas son mucho más de lo que aparentemente se ve y como en todos lados hay obras brillantes y mediocres. El tema es que si se considera un clásico parece ser tabú encajarlo dentro de otros géneros “menos importantes” y se nos olvida que un relato puede ser muchas cosas a la vez. Lo cierto es que dejando atrás la moralina, en esencia, es un cuento fantástico.

Y lo es de forma rotunda.

Dickens trabajaba desde el realismo, pero era perfectamente consciente del poder que tenía lo sobrenatural para decir aquello que la razón o la crítica social no podían expresar con la misma contundencia. Y sobre todo el uso de la “magia” navideña. Sus espectros no son una extravagancia argumental: son figuras simbólicas. La forma que encontró para que una verdad incómoda pudiera entenderse sin resistencia.

Y las bases para argumentar algo así es que en el cuento aparecen:

  • un fantasma encadenado,

  • tres espíritus que controlan el tiempo,

  • visiones del pasado que se materializan ante los ojos del protagonista,

  • escenas del presente a las que Scrooge accede sin abrir ninguna puerta,

  • y un futuro que se muestra con una crudeza casi profética.

Todo esto pertenece al territorio de lo fantástico, donde la lógica cotidiana se suspende para dejar paso a una revelación moral. No es un relato de terror, aunque lo roza en algunos momentos. Tampoco un cuento gótico puro. Despliega un imaginario propio, a medio camino entre la alegoría y lo sobrenatural. Y, aun así, no pierde nunca el ancla con la realidad. Quizá por eso encaja tan bien dentro de lo que hoy llamaríamos fantasía social que no es otra que aquella que utiliza elementos extraordinarios para hablar de lo cotidiano, de lo que duele, de lo que deberíamos cambiar. ¿realismo mágico?

Cuando uno vuelve a leerlo desde una perspectiva adulta —y, en mi caso, desde Equilibria— descubre que ese balance entre lo real y lo imposible es precisamente lo que lo convierte en una obra tan potente. Dickens no necesitó criaturas míticas ni mundos alternativos para construir una historia que dialoga directamente con la fantasía. Le bastó con invocar aquello que no vemos, pero que sabemos que está ahí: el peso del tiempo, la culpa, la memoria, las oportunidades perdidas.

En ese sentido, el relato es un puente perfecto entre la literatura realista victoriana y la tradición fantástica que tanto amamos. Un recordatorio de que la fantasía no siempre es escapismo o infantil; a veces es la forma más honesta de hablar de la verdad.

“A Christmas Carol” en otros formatos

Una de las pruebas más claras de la fuerza de una historia es su capacidad para renacer una y otra vez. No solo ha sobrevivido al tiempo: se ha multiplicado, diversificado y mutado. Ha adoptado formas nuevas, ha atravesado géneros, ha saltado de un medio a otro como si estuviera hecho de una energía que nunca se agota.

Dentro de la línea de Equilibria, hemos encontrado versiones y reinterpretaciones especialmente interesantes. No solo por su calidad o por lo que significaron, sino por la forma en que dialogan entre ellas y se complementan.


La primeras versiones en movimiento

Se considera que una de las primeras adaptaciones fílmicas es Scrooge (1901), un cortometraje mudo británico dirigido por Walter R. Booth, pionero de los trucajes visuales. Dura apenas unos minutos y condensa el relato como si fuera un parpadeo. Es fragmentario, casi espectral: escenas que aparecen y desaparecen entre fundidos primitivos, fantasmas que cruzan el encuadre como manchas de luz y una estética de celuloide desgastado que lo convierte más en un eco que en una película. Ese temblor antiguo, esa fragilidad de imagen, tiene algo profundamente evocador. Como si no estuviéramos viendo una adaptación, sino un recuerdo visual de Dickens proyectado en sombras.

Poco después llegarían otras versiones mudas más elaboradas, como Scrooge (1913) y A Christmas Carol (1910), producciones estadounidenses que trataban de dar mayor continuidad narrativa al cuento. En estas primeras décadas, las adaptaciones no buscaban fidelidad absoluta: buscaban capturar la esencia del relato en un medio que aún estaba aprendiendo a mostrarse sin palabras.

Ya en la transición al sonido, la historia empezó a ganar densidad. Las primeras versiones sonoras introdujeron la voz grave de Scrooge, el tintineo de las cadenas de Marley y ese ambiente gélido que solo el sonido puede construir. Esta evolución culminó en lo que para muchos es la adaptación definitiva: Scrooge (1951), dirigida por Brian Desmond Hurst y protagonizada por Alastair Sim. Esa interpretación, sobria y desgarradora, logró algo que pocas adaptaciones consiguen: humanizar al personaje sin suavizar su dureza.

Estas primeras obras ya habían entendido algo esencial: que la clave del cuento va mucho más allá de su argumento. Lo importante no es solo el viaje de Scrooge, sino el tono, la atmósfera, el peso del tiempo, la luz y la sombra como personajes. Por eso estas primeras películas, incluso con sus limitaciones técnicas, consiguieron lo que Dickens pretendía desde el papel: que el espectador sintiera que alguien llamaba a la puerta de su conciencia.

Y, de forma muy personal, siempre he sentido una atracción especial por esos formatos de épocas pasadas. Tienen una textura, una quietud visual, una imperfección hermosa que pertenece solo a su tiempo. Hay algo en esos fotogramas en blanco y negro y en la luz que parpadea como si estuviera viva. No es nostalgia —porque yo no lo viví—, es la certeza de que esas imágenes antiguas guardan un tipo de magia irrepetible, una que los avances han borrado para siempre y que, a diferencia de los fantasmas del cuento que siempre regresan, nosotros nunca volveremos a ver.


El salto a los cómics

Lo interesante del formato cómic es su capacidad para retener lo esencial del cuento mientras permite una reinterpretación visual enorme. Existen adaptaciones clásicas en cómic europeo y estadounidense, algunas muy fieles y otras más libres.

El lenguaje gráfico enfatiza el contraste entre la oscuridad de Scrooge y la luminosidad de la Navidad. Y es curioso cómo, incluso en su versión dibujada, los fantasmas no pierden fuerza. Al contrario, ganan presencia, corporeidad, textura.

Ese despliegue visual conecta especialmente bien con Equilibria, acostumbrados como estamos a la estética fantástica más contemporánea, a la narrativa simbólica y a ese tipo de obras donde la magia, la tecnología o el horror no es un adorno, sino un lenguaje.

Para este artículo he escogido dos adaptaciones que me han llamado la atención por motivos muy distintos: una, por su valor histórico; la otra, por su calidad artística y narrativa.

A Christmas Carol (1948) — un fragmento de la obra de Dickens en viñetas

A Christmas Carol cómic 1948

La edición de 1948 aparece documentada como un cómic único, una “1st Printing” con portada y arte atribuidos a Kiefer. Es un ejemplar de esos que parecen salidos directamente de un estante polvoriento: líneas sencillas, viñetas casi esquemáticas y un estilo que recuerda al cómic de posguerra, cuando los artistas trabajaban con pocos medios pero con mucha intención.

En esta versión, Dickens se convierte en una secuencia de dibujos lineales donde Scrooge aparece anguloso, casi rígido, y los fantasmas se presentan como figuras espectrales de trazo rápido. La narrativa es directa, sin florituras, y condensa el cuento en pocas páginas.
Tiene esa poesía involuntaria de lo antiguo: colores limitados, imprenta imperfecta, textura de papel áspero. Y, sin embargo, consigue capturar el espíritu del relato: la dureza inicial, la visita de Marley, la transformación silenciosa.

Es un documento visual que no busca reinterpretar, sino recordar. Su encanto proviene precisamente de su simplicidad. Y aunque su estética pueda parecer ingenua en comparación con el cómic contemporáneo, conserva algo que solo las obras de época poseen: un aura de autenticidad, casi de reliquia.

A Christmas Carol – Graphic Novel (Classical Comics)

Una versión moderna que parece un sueño ilustrado

La segunda obra pertenece a la editorial Classical Comics, una adaptación cuidada al detalle que combina fidelidad literaria con un diseño visual de gran calidad. Sus responsables son:

  • Guion adaptado: Seán Michael Wilson

  • Lápices: Mike Collins

  • Tinta: David Roach

  • Color: James Offredi

  • Rotulación: Terry Wiley

Es, en esencia, una novela gráfica completa, con un tratamiento cinematográfico del espacio y la iluminación. Collins y Roach trabajan las expresiones de Scrooge con un nivel de matiz que sorprende: cada línea del rostro muestra el peso de una vida entera. Los fantasmas —especialmente el del Presente— tienen una presencia imponente que se expande más allá de la propia viñeta.

El color de Offredi aporta la atmósfera exacta: fríos helados en la casa de Scrooge, tonos cálidos en las escenas de la familia Cratchit, verdes sobrenaturales y azules espectrales en las apariciones.

Lo que convierte esta adaptación en algo especial es su sensibilidad narrativa. No se limita a ilustrar el cuento: lo interpreta. Respeta las líneas principales, pero refuerza la emoción en los gestos, en la composición, en el ritmo. No busca modernizar el relato, sino darle una segunda vida en un formato que permite detenerse en detalles que a veces pasan desapercibidos en el texto.

La editorial ofrece incluso una muestra gratuita en PDF, y me parece una forma magnífica de asomarse a esta versión antes de adquirirla. Es una obra que podría gustar a lectores jóvenes, pero también a adultos que quieran redescubrir el cuento desde una perspectiva visual más profunda.

A Christmas Carol – Graphic Novel (Paperback) – Classical Comics


El episodio de Doctor Who

En 2010, la serie británica reinterpretó la historia en el especial navideño “A Christmas Carol”.

Allí, la ciencia ficción adopta la estructura del cuento, pero la reviste de viajes temporales, criaturas alienígenas y tecnología. Es un homenaje directo, pero también una demostración de que el esquema de Dickens es tan flexible que puede sostener una trama futurista sin perder su esencia.

Doctor Who convierte el paso del tiempo en un recurso literal, casi quirúrgico, y transforma la redención en un proceso donde la fantasía se mezcla con naves espaciales.

Esta versión encaja especialmente bien con la sensibilidad de Equilibria porque demuestra cómo una obra clásica puede integrarse en el terreno de la ciencia ficción sin perder su esencia.


Cuando los fantasmas siguen llamando a la puerta

Toby Olié – A Christmas Carol

Dickens escribió un relato que hablaba de pobreza, de culpa, de indiferencia y de redención… y, sin pretenderlo, acabó creando una forma de pensar y actuar capaz de atravesar siglos. Un estado que a veces preferiríamos no entender, pero que necesitamos enfrentar.

Quizá por eso regresa cada invierno.

Quizá por eso, incluso hoy, cuando el mundo parece correr demasiado deprisa, sus fantasmas continúan buscando a quienes estén dispuestos a escuchar. No para asustarnos, sino para recordarnos que el tiempo —nuestro tiempo— siempre está en movimiento, y que aún podemos elegir qué hacer con él.

Hoy entiendo que aquella niña que fui no debía protegerse de nada. Aquellos fantasmas no venían a hacerme daño: venían a decirme algo. Algo que sigo creyendo a día de hoy:

que nuestras acciones importan,
que el pasado pesa,
que el presente es frágil,
y que el futuro aún está por escribir.

Por eso este cuento sigue vivo. Porque no depende de modas, ni de épocas, ni de versiones. Depende de nosotros. De lo que somos. De lo que podemos llegar a ser.

Y quizá, al final, ese sea el mayor regalo de Navidad que Dickens dejó al mundo: la idea de que siempre hay un lugar para la luz, incluso cuando creemos que ya no la merece nadie.

Incluso cuando pensamos que ya no la merecemos nosotros.

Si te apetece volver a este clásico con una mirada fresca, en Equilibria Ediciones hemos preparado una edición revisada de Cuento de Navidad que cuida cada detalle con una lectura clara, una modernización respetuosa y un diseño limpio que acompaña sin distraer. Es una versión pensada para disfrutarla sin prisas, con la calidez que merece una historia así. Puedes acceder a ella desde este enlace https://amzn.to/45pZRgL

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