Para aquellos que caminan sin hacer ruido
y descubrieron que volverse invisible es la única forma de
sobrevivir al ruido del mundo.
Va por ellos. Para que sus historias
no se pierdan en el silencio que queda cuando
todo lo demás se apaga.
Me quedé mirando el reloj que reposaba sobre una de las paredes. Estaba totalmente hipnotizada, no podía quitar la vista de él. Sus agujas no se movían ni un solo milímetro. Por más que esperaba el sonar del segundero, este nunca llegó. Estaba totalmente inmóvil.
A mi alrededor el aula era un caos. Alguien a mi izquierda arrastró la silla, lo que hizo sonar un ruido bastante desagradable que traté de ignorar. Tras de mí se escuchaba una risa escandalosa, la misma risa contagiosa de siempre.
En el lugar en el que estaba, demasiada gente hablaba al unísono. Por lo que no fui capaz de diferenciar ninguna de las conversaciones. El calor de la sala era sofocante, de ese que se te pega a la ropa y te hace sentir que estás respirando el mismo aire una y otra vez.
Intenté obligarme a reaccionar, bajar la mirada hacia mis apuntes o meter el bolígrafo en el estuche, pero no fui capaz ni de mover un solo músculo. Mi vista se había nublado, volviéndose borrosa en los bordes.
Un sonido en la sala captó mi atención. No reaccioné al instante. Primero, observé mi alrededor. Ya no había nadie. Todas esas personas que hacía tan solo unos minutos habían estado ahí, ahora habían desaparecido, quedando solo una persona. El profesor.
Estaba quieto, recogiendo sus cosas. Aunque no dijo nada. Fue como si yo no estuviera ahí, como si no fuera capaz de verme.
El pánico me recorrió cada parte del cuerpo como un leve escalofrío. Un instinto se encendió repentinamente en mi interior. Guardé todo lo que reposaba en la mesa dentro de mi mochila y sin mirar atrás, salí casi corriendo al pasillo.
Al cruzar el umbral de la puerta, la gente caminaba y hablaba, yendo de aquí para allá, rápido, como si sintieran una especie de presión que les hiciera moverse así.
Una chica chocó contra mi hombro al pasar junto a mí.
Al girarse una expresión de confusión recorrió cada parte de su rostro, pero esta se esfumó tan rápido que por un momento no supe si había sido real o tan solo me lo había imaginado.
—Ay, no te había visto. ¡Hola! Vamos a la cafetería. Date prisa, que nos quedamos sin tiempo. ¿Por qué te estás rindiendo otra vez?
Estaba a punto de responderle, sin embargo, ni una sola sílaba fue capaz de salir de mí. No supe reconocer de qué la conocía, pero algo en ella me resultaba extrañamente familiar. Ella. Su voz. La sentí como un eco que venía desde mi interior.
Ella no se percató de mi silencio, simplemente siguió caminando, por lo que no me quedó más opción que seguirla.
Avancé pegada a la pared del pasillo intentando no estorbar, mirando cómo la gente hablaba entre sí y se reía en pequeños grupos. Nadie me miraba, ni siquiera la chica que me estaba guiando. Intentaba cruzarme con la mirada de alguien, con quien fuera, pero sus ojos pasaban de largo, esquivándome como si fuera transparente. Fue un pensamiento horrible, pero en ese momento lo vi clarísimo.
Si ahora mismo desapareciera. Si me borraran del mapa, nadie se percataría de ello. Nadie cambiaría sus rutinas. Todo seguiría exactamente igual.
Di unos pasos hacia delante, aumentando el ritmo para seguir a la chica. Pero algo en mí hizo que me fijara en mis pies. Estaba caminando, sí, pero mis zapatillas no hacían ruido. Ni un solo sonido. Era como si estuviera caminando sobre el aire.
No tuve tiempo para pensar en ello. El ruido de los platos, la gente gritando para hacerse oír y ese olor a café. Normal. Todo parecía normal.
La chica se paró frente a una mesa y se sentó junto a un grupo de personas. Eran mis amigos o al menos eso fue lo que mi mente me dio a entender, pero al sentarme con ellos nada se sentía diferente al agobio que había sentido desde que empecé el día.
Logré diferenciar alguna que otra conversación, exámenes, planes para el fin de semana, risas y más risas.
Intenté formar una sonrisa, pero cada interacción me recordaba que yo ya no encajaba ahí, todo eso, ya no se sentía real. Ya no se sentía correcto.
Moviendo las manos y hablándome con una energía que me costaba procesar con normalidad. Yo tardaba demasiado en reaccionar, con gestos lánguidos iba asintiendo para darle a entender que siguiera con la conversación, sin embargo, no fui capaz de decir palabra.
Voces que no eran la mía, empezaron a mezclarse con el tintineo de los cubiertos a mi alrededor. Las palabras de la chica se iban cortando haciéndome imposible seguir el ritmo de la conversación. Era como si estuviera tratando de captar la señal de una radio rota.
Sus labios seguían moviéndose, pero yo ya no entendía nada de lo que me estaba diciendo. Era solo una especie de sonidos que se mezclaban sin sentido.
Y entonces, el lugar entero se apagó, haciéndome perder la señal completa del lugar.
Parpadeé, ya no estaba en el instituto.
Aparecí en mi casa, sentada en el borde de la cama, con el teléfono vibrando en la mano. No recordaba cómo había sido el camino de vuelta, ni haber abierto la puerta, ni haberme quitado los zapatos. Nada. Era como si mi cuerpo se hubiera trasladado hasta aquí mientras mi mente se encontraba en otra parte.
En la pantalla se encendieron tres mensajes de un número desconocido. Los leí uno a uno.
Hoy, 00:00
Perdóname por haberte dejado sola.
¿Por qué te estás rindiendo otra vez?
Ya no sé cómo ayudarte.
Me quedé mirando las letras, pero no respondí. Ni siquiera sabía qué sentir. No estaba triste, ni enfadada, ni alegre, todo dentro de mí se sentía como si me hubieran vaciado.
Leer esos mensajes se sintió como ver la vida de otra persona a través de una pantalla.
Últimamente todo se sentía así. Lejano. Yo ya no estaba ahí. Estaba totalmente desconectada.
Me levanté y fui directamente al baño para enfriar mis pensamientos. Me apoyé en el lavabo y levanté la vista hacia el espejo.
El corazón me dio un vuelco. El espejo estaba vacío.
Tardé un segundo largo en ver cómo aparecía mi propio reflejo parpadeando frente a mí, como si la imagen fuera un retraso intentando alcanzarme.
Salí del baño casi temblando, huyendo de mi propio reflejo. Huyendo de mi.
Necesitaba hacer algo que me hiciera sentir normal, algo que me devolviera a la realidad. Entonces, vi el libro que tenía a medias sobre el escritorio. Fui hacia él, con las manos algo temblorosas y agarré el bolígrafo que estaba junto a él. Luego me recosté sobre el borde de la cama abriéndolo por la página veinticuatro, la última página que había escrito.
Necesitaba escribir; era la única forma de silenciar el ruido del mundo y encontrar una vida donde las heridas no dolieran tanto. Donde, entre capítulos, el tiempo se detuviera y las páginas se convirtieran en historias.
Por un momento, quería dejar de ser yo a través de mis propias palabras. Ser cualquier otra persona, donde mis preocupaciones se volvieran tan pequeñas que pudieran caber en el margen de una página.
Entonces, la protagonista de mi historia tomó las riendas.
«Dicen que hay mundos que te salvan aunque el tuyo se caiga en pedazos.»
Desvié la mirada del libro y me quedé fija viendo la ventana de mi habitación. Afuera había empezado a llover, las gotas golpeaban el cristal con un ritmo constante.
Estaba empañado, pero a través de él, a lo lejos, se alcanzaba a ver la cafetería que estaba cruzando la calle. Sus luces de neón parpadeaban borrosas por el agua. Todo afuera parecía tener su propio orden. Un mundo real que continuaba sin mí.
En mi cuarto solo me acompañaba la luz de la lámpara encendida sobre la mesita de noche. El agobio me subió por el pecho y me froté la frente, mareada. Fue al bajar los brazos cuando me fijé en ellos.
Me miré las manos. Eran translúcidas. Las letras del libro se leían a través de mis dedos, emborronadas, como si me estuvieran convirtiendo en humo. No me dio tiempo ni a gritar. La lámpara se apagó y de repente, todo se tiñó de negro.
De golpe, oscuridad total. Ya no escuchaba la lluvia. En su lugar, el silencio se rompió con un pitido agudo que me perforó los oídos. Y luego, unas voces distorsionadas que no lograba entender; voces lejanas que gritaban algo y el sonido de unos pasos corriendo de un lado para otro.
Al segundo después, el negro desapareció. Una luz se encendió justo delante de mí, volviéndolo todo de color blanco.
Era una luz extraña, densa. De esa misma luz, brotó una ola de recuerdos.
Pero no eran recuerdos normales. Los vi desde fuera, como si viera una película antigua en una televisión rota. Me vi a mí misma caminando por el pasillo del instituto, vi el reloj parado de la clase, los mensajes sin responder en mi móvil… Todo.
Ahí fue cuando lo entendí. Nada de eso había sido real.
No era mi tarde, no era mi casa.
Era solo mi mente repitiendo en bucle mi anterior rutina, una simulación que se desmoronaba, todo porque yo ya no pertenecía allí.
Pero la realidad era obvia. Mi tiempo en el mundo se había terminado. Hacía mucho que mi corazón había dejado de sentir, y ahora, simplemente, había dejado de latir.
Hice un esfuerzo y levanté la vista. Por primera vez en ese vacío infinito, hubo algo más aparte del blanco.
Una silueta apareció frente a mí. Al inicio no le vi la cara, pero se sentía real, cálida, completamente diferente al frío que acababa de dejar atrás. Se agachó hacia mí, o quizás fui yo la que se acercó a ella, no estaba muy segura. Ahí fue cuando me di cuenta, no era nadie desconocido, al contrario, era yo misma. Siempre había sido yo.
Su voz. Mi voz, cruzó la distancia, limpia y dolorosa, apagando por fin la poca luz que quedaba. Sonó idéntica a la mía, a la que había perdido, repitiendo con una tristeza lo mismo que había acabado de leer en la pantalla de mi móvil.
Lo mismo que me había dicho la chica del pasillo.
—Perdóname, ya no sé cómo ayudarte… Cómo ayudarnos.
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- Antes de desaparecer – Relato – 16 septiembre, 2026


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