Otros mundos, otras lunas de J.C. González

9 septiembre, 2026 por Gemma N. Escarp

Ficha técnica

  • Título: Otros mundos, otras lunas

  • Autor: J.C. González

  • Género: Antología de SCI-FI

  • Editorial: Ediciones Cuentos del Bosque Oscuro

  • Número de páginas: 129

  • Año de publicación: 1ª edición: abril 2023 · 2ª edición: septiembre 2024

Introducción

Esta es una reseña que debía desde hace tiempo. Más del que me gustaría reconocer. Quizá por eso, cuando finalmente me he sentado a escribirla, he querido hacerlo como merece, sin quedarme únicamente en contar de qué trata cada relato, porque Otros mundos, otras lunas es uno de esos libros que invita a detenerse y pensar. Y también porque conozco a J.C. desde hace tiempo a través de Cuentos del Bosque Oscuro, podcast  del que soy seguidora y sobre el que tenemos una sección dedicada en nuestra propia web. Así que tenía especial curiosidad por descubrir esta otra faceta suya, la de escritor.

Así que empecemos.

Existe una rama de la ciencia ficción que no necesita grandes batallas espaciales ni tecnologías imposibles para provocar asombro. Le basta una idea y una pregunta. ¿Qué ocurriría si…? Esta colección pertenece claramente a esa tradición. Cada relato parte de una idea muy concreta, pero rara vez termina en ella, porque siempre acaba mostrando otras que no veías venir.

La antología reúne nueve relatos independientes que se mueven entre la inteligencia artificial, el transhumanismo, la exploración espacial, la evolución de las civilizaciones y algunas de las grandes incógnitas de la cosmología. Y conforme avanzaba en la lectura empecé a encontrar algo que me interesó incluso más que cada historia por separado. Aunque los escenarios y los personajes cambien, existen preguntas que regresan una y otra vez. Qué somos, hacia dónde podemos evolucionar, qué ocurrirá con aquello que creemos haber construido para siempre y, especialmente, cuál es el lugar de la inteligencia en un universo cuya escala apenas somos capaces de concebir.

Aquí se nota, y mucho, la formación de J.C. como astrofísico. Conceptos relacionados con la cosmología o la evolución estelar aparecen con una naturalidad difícil de improvisar. Pero la intención no parece ser impartir una clase magistral. La ciencia proporciona las reglas del juego y, a partir de ellas, comienza la especulación.

Y ahí es donde el libro me ha resultado más interesante.

Cuando el homenaje se convierte en continuación

El relato que abre la recopilación, Blade Runner: El sueño del unicornio, es también el más exigente para el lector.

Cuando vi que comenzaba precisamente con un relato ambientado en el universo de Blade Runner, decidí hacer una pequeña parada antes de continuar. Había pasado mucho tiempo desde mi último contacto con una historia que también me fascinó en su momento y quería refrescarla para poder leer en condiciones la historia que J.C. nos quería contar. Así que volví a ver Blade Runner, de Ridley Scott, después Blade Runner 2049, de Denis Villeneuve, y releí de nuevo a Philip K. Dick en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, novela que dio origen a la primera película.

Y me alegro de haberlo hecho.

Blade Runner fue una adaptación muy libre de la obra de Dick. Conservó algunas de sus grandes preguntas, especialmente la que cuestiona qué nos hace realmente humanos, y construyó a partir de ellas su propio universo cinematográfico. Décadas después, Blade Runner 2049 lo amplió y profundizó todavía más en cuestiones como la identidad, los recuerdos y la frontera entre lo humano y lo artificial.

El sueño del unicornio entra directamente en ese mundo.

No es una adaptación ni se limita a rendirle tributo, sino propone un posible epílogo y lo hace recuperando personajes, acontecimientos y conceptos de la saga sin detenerse demasiado a poner al lector en antecedentes. Por eso creo que alguien ajeno a Blade Runner puede sentirse perdido ante la cantidad de información. Para quien conozca bien este mundo, en cambio, sucede justo lo contrario: reconoce escenas y referencias de inmediato.

Así que sí, es un relato que exige atención plena y confieso que de todos los incluidos en la antología, fue el que más esfuerzo me requirió al principio por todo lo que necesitaba refrescar, pero también uno de los que mejor demuestra hasta qué punto J.C. conoce el universo al que está homenajeando. No da la sensación de observarlo desde fuera, sino de haberse metido dentro para buscar un hueco en el que contar una última historia.

Y cuando el relato alcanza realmente su propia voz, que se reconoce de inmediato, me gustó mucho y el esfuerzo mereció la pena.

Una de los detalles que redescubrí es que el unicornio del título tampoco está ahí por casualidad. En Blade Runner, la ensoñación de Deckard y el origami que Gaff deja al final alimentan deliberadamente una de las grandes incógnitas de la película, la verdadera naturaleza de su protagonista ¿Es humano o no? J.C. recupera esa incógnita y juega con ella hasta darle una lectura distinta. Al menos así lo interpreté yo. Llega un momento en que la identidad individual parece perder importancia frente a algo mucho mayor y la pregunta deja de ser únicamente quién es humano, replicante o símbolo de qué, para mirar hacia lo que viene después.

No recomendaría empezar por este relato sin conocer antes el universo de Blade Runner. Pero para quien lo ame, hay mucho donde escarbar.

Civilizaciones, universos y memoria

A partir de aquí la antología abandona universos ajenos y comienza a desplegar los propios.

Y llegamos a uno de mis favoritos.

El fin del tiempo juega con una de esas preguntas que a mí, personalmente, pueden tenerme entretenida durante horas.

¿Qué ocurrirá cuando el universo muera?

La historia parte de un escenario de Gran Implosión —o «Big Crunch»— de una civilización extraordinariamente avanzada enfrentada a algo contra lo que ni siquiera su tecnología puede luchar. Pero la verdadera pregunta no es cómo evitar el final. Es otra mucho más hermosa. Si una civilización supiera que va a desaparecer, ¿qué intentaría salvar de sí misma?

Aquí prefiero no contar mucho más.

Solo diré que aparece una idea sobre la conservación del conocimiento que me fascinó. Ciencia, arte, cultura, valores… aquello que demuestra que esta gente alguna vez existió.

Tal vez conecté especialmente con este relato porque, como ya he mencionado antes, lo que plantea está muy cerca de lo que siempre me ha inquietado y que, de una forma completamente distinta a la de J.C., también terminó alimentando mi propio imaginario. Cosas como la posibilidad de universos anteriores, el nacimiento de otros nuevos, los ciclos cósmicos, qué podría atravesar sus distancias y qué consideraríamos un dios si alguna vez nos encontráramos ante una inteligencia capaz de intervenir a semejante escala.

Cuando llegué al final, cerré momentáneamente el libro y me quedé pensando un buen rato. Y esa es probablemente una de las reacciones que más valoro en cualquier obra que se precie, que remueva cositas en la psique.

El tercer relato, Ya no morimos, ya no matamos, cambia de escala para entrar de lleno en el transhumanismo. Una catástrofe biológica obliga a una sociedad a replantearse qué significa estar vivo cuando el cuerpo deja de ser necesariamente el recipiente de una persona. Lo interesante de este relato es que la transformación no nace del deseo de perfeccionarse, sino de la necesidad de sobrevivir. Pero hay otra lectura que me interesó aún más. Podemos cambiar nuestros cuerpos, superar enfermedades e incluso modificar radicalmente nuestra relación con la muerte, pero ¿implica todo ello que hayamos evolucionado también moralmente?

Prefiero que sea el lector quien descubra la respuesta.

Y después llega Adaptación, probablemente la lectura con el dilema ético más incómodo del libro.

Una colonia humana termina atrapada en un planeta al que no estaba destinada y cuyo ecosistema atraviesa periódicamente situaciones extremas. Los organismos autóctonos poseen sus propios mecanismos de adaptación. Los humanos no.

Así que crean uno.

Evidentemente tampoco voy a explicar en qué consiste porque creo que ahí reside buena parte del impacto de la historia. Solo diré que J.C. juega con el propio significado de la palabra «adaptarse» y lo lleva a un terreno bastante siniestro.

¿Qué estaríamos dispuestos a sacrificar en nombre de la supervivencia?

El asombro como protagonista

Si tuviera que elegir el relato que mejor representa ese sense of wonder que nos deja pasmados, probablemente sería Los orfebres.

Diez mil años después de comenzar a explorar la galaxia, la humanidad sigue encontrando vestigios de una civilización antiquísima. Nadie sabe quiénes eran, en qué planetas vivieron ni el motivo por el que desaparecieron. Pero dejaron cosas atrás.

Y aquí también prefiero detenerme antes de revelar demasiado, porque descubrir por qué reciben el nombre de «orfebres» forma parte de la belleza del cuento.

Solo puedo decir que me encantó la idea.

Estamos acostumbrados a imaginar grandes civilizaciones extraterrestres a través de sus naves, sus ciudades, sus armas o tecnologías que somos incapaces de comprender. Aquí el planteamiento toma otro camino y termina convirtiéndose en una reflexión sobre la belleza y sobre aquello que una especie decide legar al universo.

¿Qué dice más de una civilización, aquello que fue capaz de conquistar o aquello que fue capaz de crear?

En otro contexto muy distinto, el relato de El visitante nos lleva hasta una pequeña comunidad que interpreta el mundo a través de sus propios dioses, mitos y leyendas. La aparición de algo desconocido en el firmamento altera poco a poco sus costumbres y permite explorar cómo el miedo y la falta de respuestas pueden transformar el comportamiento de todo un grupo.

Reconozco que fue el relato que menos consiguió atraparme. El worldbuilding ocupa bastante espacio para una historia tan breve y su desenlace no terminó de convencerme. Aun así, la premisa sí me parece interesante, sobre todo por una pregunta que inevitablemente queda flotando después de leerlo.

¿Cuántos dioses habrán nacido simplemente porque alguna vez contemplamos algo que todavía no sabíamos explicar?

Entre el misterio y el horror cósmico

Con El obelisco entramos en un terreno diferente, mucho más cercano al terror cósmico.

Una expedición científica empieza a sufrir una serie de sucesos inexplicables mientras investiga una anomalía relacionada con un extraño obelisco y con Hela, el púlsar que forma parte del sistema estelar donde se encuentran.

Aquí tuve inmediatamente una asociación que después no pude quitarme de la cabeza.

2001: Una odisea del espacio

No porque las historias sean equivalentes ni porque pueda afirmar que exista una influencia directa, sino por esa imagen del artefacto incomprensible cuya mera existencia parece indicarnos que hay inteligencias, tecnologías o fuerzas ante las que nuestro conocimiento resulta insignificante.

La diferencia es que, mientras en 2001 el encuentro con lo desconocido queda ligado a los grandes saltos de la evolución humana, El obelisco se adentra en un territorio mucho más oscuro. Aquí descubrir puede ser precisamente el problema.

De este relato procede además una de mis frases favoritas de toda la antología:

«La muerte es la misericordia que anhelan las almas torturadas».

Sin embargo, también tengo que reconocer que se me hizo largo. La investigación inicial y el misterio me atraparon de inmediato, pero la sucesión posterior de acontecimientos terminó resultándome algo reiterativa y sentí que el relato pedía llegar antes a su desenlace. Es, por supuesto, una percepción muy personal y probablemente otros lectores disfruten precisamente de ese desarrollo más pausado.

Curiosamente, después aparece Pellizcos de eternidad, uno de los cuentos más breves, y agradecí muchísimo el cambio de ritmo.

Volvemos a poner el foco en el final del universo, pero desde una perspectiva completamente diferente a la de El fin del tiempo. Estamos tan acostumbrados a hablar de su muerte como algo situado en un futuro tan inconcebiblemente lejano que podemos hablar de ella con absoluta tranquilidad.

¿Pero qué ocurriría si empezara ahora?

Una anomalía aparece en el cielo y la humanidad comprende que algo imposible está sucediendo. No necesitamos viajar miles de millones de años hacia el futuro. Esta vez somos nosotros quienes estamos aquí para contemplarlo.

Breve, directo y con una imagen central muy potente.

Después de nosotros

La recopilación termina con Una historia de IAs, y no creo que pudiera hacerlo con un tema más apropiado y de actualidad.

La posibilidad de que otras civilizaciones desarrollen inteligencias artificiales, la integración progresiva entre organismos y tecnología, la expansión por el cosmos y la evolución de esas inteligencias hacia formas cada vez más alejadas de sus creadores permiten cerrar varias de las preguntas que han aparecido a lo largo del libro. O, al menos, imaginar hasta dónde podría llevarnos esa evolución.

Y como colofón final, vuelve una idea que ya había asomado anteriormente.

Los dioses.

O, mejor dicho, qué llamaríamos «dios» si alguna vez nos encontráramos ante una inteligencia millones de años más avanzada que nosotros.

En cierto modo, este último relato vuelve sobre muchos de los temas anteriores y los reúne bajo una misma mirada. O, al menos, esa fue la sensación que me dejó al terminarlo.

Valoración

Algunos de estos relatos me hicieron pensar inevitablemente en Arthur C. Clarke y en esa ciencia ficción que se atreve a mirar mucho más allá de nuestra propia existencia, hacia enormes escalas temporales, civilizaciones extraordinariamente avanzadas y formas de inteligencia capaces de trascender al individuo. No me atrevería a hablar de una influencia directa, aunque resulta curioso que Clarke tenga toda una sección de relatos en su podcast, sino de un parentesco temático que fui encontrando durante la lectura.

Terminé Otros mundos, otras lunas con bastantes más preguntas que cuando lo empecé y, tratándose de ciencia ficción, para mí eso es una virtud.

No todos los relatos me han gustado por igual. El visitante me dejó algo más fría y El obelisco se me hizo más largo de lo que necesitaba. Blade Runner: El sueño del unicornio tampoco es una lectura sencilla si uno llega sin conocer previamente ese universo.

Pero cuando una de sus ideas conecta contigo, consigue algo que para mí tiene muchísimo valor, que sigas dándole vueltas después de haber terminado el relato. Y lo hace con una naturalidad sorprendente.

Mis favoritos han sido El fin del tiempo y Los orfebres, aunque por razones diferentes. El primero toca de lleno algunas de mis propias fascinaciones sobre el universo. El segundo me conquistó por una idea mucho más sencilla y quizá más hermosa, imaginar que una civilización extraordinariamente avanzada pudiera querer ser recordada no por aquello que dominó, sino por la belleza que dejó tras de sí.

También me quedo con el dilema moral de Adaptación y con la mirada nada complaciente hacia el transhumanismo de Ya no morimos, ya no matamos.

Hay ciencia ficción que utiliza el futuro para enseñarnos cómo viviremos.

Esta antología pertenece más bien a la que utiliza el futuro para preguntarnos quiénes somos.

Porque detrás de los universos que nacen y mueren, las inteligencias artificiales, los planetas lejanos y las civilizaciones capaces de sobrevivir durante eones, he encontrado una preocupación que reaparece de distintas formas a lo largo de estas 129 páginas.

Podemos evolucionar. Podemos abandonar nuestros cuerpos. Podemos recorrer galaxias. Quizá algún día podamos incluso desafiar los límites del espacio-tiempo. Pero después de todo eso queda una pregunta mucho más sencilla.

¿Qué dejaremos tras nuestro paso?

Quizá por eso he tardado tanto en escribir esta reseña. Y quizá también por eso me alegro de haber esperado hasta poder dedicarle el tiempo que merecía.

Conclusión

No creo que Otros mundos, otras lunas trate realmente sobre extraterrestres, robots o viajes espaciales.

Creo que habla, sinceramente, de nosotros.

—Gemma N. Escarp—


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