En Japón, las historias —ya sean escritas, dibujadas o visuales— siempre van un paso más allá.
Tratan todo lo que hacen con una estética inconfundible, porque, por alguna razón que en Occidente no alcanzamos a dominar, tocan un pedazo del alma. Da igual si se trata de grandes producciones o de pequeñas, todas son una joya única y nunca tienen ese poso a fórmula prefabricada y vacía que caracteriza a las grandes máquinas de hacer dinero. Seguir leyendo










