En una época en la que parece que las máquinas están aprendiendo a pensar mientras nosotros nos acostumbramos a hacerlo cada vez menos, Genís Roca lanzó un mensaje tan sencillo como incómodo: el futuro de la inteligencia artificial no depende únicamente de la tecnología. Depende, sobre todo, de las decisiones que tomemos los seres humanos. Una reflexión que marcó la conversación inaugural del Festival 42 de Barcelona y que terminó convirtiéndose en una defensa inesperada de la lectura, la creatividad y el pensamiento crítico.
Hay algo curioso en nuestra relación con el futuro. Llevamos décadas imaginándolo, escribiendo novelas sobre él, llenando las pantallas de robots y construyendo pesadillas tecnológicas con una precisión casi artesanal. Y, sin embargo, ahora que parte de ese futuro empieza a llamar a nuestra puerta, no sabemos muy bien si abrirle o escondernos debajo de la cama.
La inteligencia artificial tiene esa extraña capacidad: despierta fascinación y miedo casi a partes iguales. Para algunos representa la promesa de una nueva revolución del conocimiento. Para otros, el comienzo de una época en la que la creatividad, el trabajo e incluso nuestra capacidad de decidir quedarán en manos de algoritmos.
Entre ambos extremos, como suele ocurrir, existe un territorio bastante más interesante.
Ese fue precisamente el espacio que exploraron Genís Roca y Ricard Ruiz Garzón el 4 de noviembre de 2026, durante la inauguración de la sexta edición del Festival 42 de Géneros Fantásticos de Barcelona, celebrada en Fabra i Coats.
La conversación, titulada IA, del futuro imaginado al futuro que construimos, prometía hablar de tecnología. Pero terminó hablando de nosotros. Que, bien pensado, es lo que debería ocurrir siempre que discutimos sobre el porvenir.
La tecnología importa menos de lo que creemos
«La tecnología no me interesa nada. A mí lo que me interesa es cómo se transforma la sociedad».
La declaración de Genís Roca tiene algo de provocación, especialmente viniendo de alguien que ha dedicado buena parte de su trayectoria profesional a analizar la cultura digital y sus consecuencias.
Es como escuchar a un arquitecto afirmar que lo que menos le interesa son los edificios. Hasta que comprendemos que su verdadera preocupación es cómo vive la gente dentro de ellos.
Roca no resta importancia a los avances tecnológicos. Lo que cuestiona es nuestra costumbre de contemplarlos como si fueran fenómenos naturales, fuerzas inevitables ante las que solo cabe adaptarse.
Hablamos de la inteligencia artificial como antes hablábamos de las tormentas: algo que se aproxima desde el horizonte y contra lo que conviene buscar refugio.
Pero hay una diferencia fundamental.
Las tormentas no tienen consejo de administración. La inteligencia artificial, sí.
Detrás de cada sistema existen empresas, intereses económicos, decisiones políticas y personas que establecen qué se desarrolla, cómo se utiliza y quién obtiene beneficios de ello.
Por eso, la pregunta verdaderamente importante quizá no sea qué podrán hacer las máquinas dentro de diez años, sino quién decidirá para qué queremos utilizarlas.
Y quién tendrá derecho a decir que no.
El futuro no es una profecía
La ciencia ficción lleva mucho tiempo advirtiéndonos sobre los peligros de nuestras propias invenciones.
Desde las sociedades sometidas a una vigilancia permanente hasta las máquinas que terminan rebelándose contra sus creadores, hemos construido un catálogo extraordinariamente imaginativo de futuros desagradables.
Resulta incluso paradójico: somos capaces de imaginar tecnologías prodigiosas, pero nos cuesta concebir sociedades que sepan utilizarlas con sensatez.
Roca propuso mirar esas representaciones desde otra perspectiva. Quizá los futuros que inventamos revelan más sobre las inquietudes de nuestro presente que sobre lo que realmente nos espera.
La ficción, al fin y al cabo, no es una bola de cristal. Es un espejo. A veces deformante, otras terriblemente preciso.
Eso no significa que debamos despreciar sus advertencias. Las amenazas relacionadas con la concentración del poder tecnológico, la pérdida de autonomía o las nuevas formas de desigualdad son demasiado serias como para despacharlas con una sonrisa optimista.
Pero reconocer un peligro no equivale a aceptar su victoria.
Ahí aparece una de las ideas más sugerentes de la conversación: el futuro no está escrito.
Puede parecer una obviedad, pero vivimos rodeados de discursos que presentan cada avance tecnológico como una estación obligatoria en un viaje cuyo destino ya ha sido decidido.
La historia, sin embargo, nunca ha funcionado exactamente así.
Las grandes transformaciones técnicas han ampliado nuestras posibilidades, pero sus consecuencias sociales han dependido de conflictos, acuerdos, resistencias y decisiones humanas. La imprenta no determinó por sí sola qué libros debían circular. Internet tampoco decidió, por arte de magia, convertirse en el ecosistema de plataformas que conocemos.
Con la inteligencia artificial sucede algo parecido.
No estamos contemplando una película cuyo final conocemos. Estamos participando en su escritura.
Aunque, conviene admitirlo, algunos personajes disponen de bastante más presupuesto que otros.
Crear en tiempos de inteligencia artificial: ¿quién es realmente el autor?
La conversación adquirió una dimensión especialmente interesante cuando abordó uno de los asuntos que más inquietan al mundo cultural: la relación entre inteligencia artificial, creatividad y autoría.
Porque una cosa es pedirle a una máquina que organice un calendario y otra bastante distinta es descubrir que puede escribir relatos, generar ilustraciones o producir textos que, a primera vista, parecen realizados por una persona.
¿Dónde queda entonces el creador?
Roca planteó una cuestión que desplaza el debate hacia un terreno menos evidente: quizá no deberíamos preocuparnos exclusivamente por averiguar si una obra se ha elaborado utilizando inteligencia artificial, sino también por entender quién ha tomado las decisiones creativas.
Quién ha concebido la idea. Quién ha elegido el enfoque. Quién ha corregido, descartado, transformado y asumido la responsabilidad del resultado.
La distinción merece atención.
Al fin y al cabo, la creación artística nunca ha existido completamente aislada de sus herramientas. Los escritores utilizan diccionarios, los fotógrafos trabajan con tecnologías que modifican la imagen y los músicos recurren a instrumentos capaces de transformar profundamente el sonido.
Sin embargo, la inteligencia artificial introduce una diferencia que sería ingenuo ignorar: no se limita a facilitar una tarea mecánica, sino que puede intervenir directamente en la producción de aquello que tradicionalmente reconocíamos como expresión creativa.
Y ahí las fronteras empiezan a desdibujarse.
¿Es equivalente utilizar una herramienta para corregir un texto que pedirle que escriba una novela? ¿Dónde termina la asistencia y comienza la sustitución? ¿Cuánto valor concedemos al proceso y cuánto al resultado?
No son preguntas fáciles. Tampoco conviene fingir que lo son.
Además, existe un problema previo que Roca puso sobre la mesa y que con frecuencia olvidamos entre tanto entusiasmo tecnológico: muchos creadores ya tenían dificultades para vivir de su trabajo antes de que apareciera la inteligencia artificial generativa.
La precariedad cultural no nació con los algoritmos.
Los escritores, ilustradores y otros profesionales creativos llevan años enfrentándose a remuneraciones insuficientes, dificultades para obtener reconocimiento y un mercado que a menudo exige originalidad mientras regatea su precio.
La inteligencia artificial no inventó esas contradicciones. Pero puede agravarlas y, desde luego, las ha vuelto mucho más visibles.
Sería injusto reducir las preocupaciones del sector a una resistencia nostálgica frente al progreso. Los derechos de autor, el uso de obras para entrenar sistemas y la compensación de quienes producen cultura plantean conflictos reales que necesitan respuestas concretas.
Quizá la discusión más profunda sea esta: si cada vez resulta más sencillo producir contenidos, ¿estaremos dispuestos a valorar mejor a quienes tienen algo verdaderamente interesante que contar?
Porque generar palabras no es exactamente lo mismo que tener una voz.
Y llenar una página tampoco garantiza que haya algo detrás de ella.
Cuando los libros empiezan a responder
Entre las posibilidades que Roca planteó durante la charla hubo una especialmente llamativa para quienes mantienen una relación casi sentimental con los libros: utilizar inteligencia artificial para conversar con ellos.
No con sus autores, al menos no mediante imitaciones de su personalidad, sino con el contenido de las propias obras.
Imaginemos terminar un ensayo y poder preguntarle por una contradicción que hemos encontrado, solicitar una explicación más detallada de un argumento o explorar las conexiones entre diferentes capítulos.
Sería algo parecido a disponer de un interlocutor que hubiera memorizado el libro y estuviera dispuesto a examinarlo con nosotros.
La propuesta tiene un atractivo evidente, sobre todo en la divulgación y el pensamiento ensayístico.
Pero también encierra ciertas paradojas.
Durante siglos, uno de los mayores placeres de la lectura ha consistido precisamente en encontrarnos a solas con un texto. Interpretarlo, equivocarnos, regresar a una página anterior y descubrir, de pronto, que una frase significa algo distinto de lo que habíamos entendido.
Leer implica convivir con preguntas que no siempre encuentran respuesta.
¿Qué ocurrirá cuando nos acostumbremos a que una herramienta nos ofrezca explicaciones inmediatas? ¿Nos ayudará a comprender mejor los libros o terminará ahorrándonos también el esfuerzo de pensar sobre ellos?
Probablemente dependerá de cómo decidamos utilizarla.
Una inteligencia artificial que permite localizar y contrastar ideas puede convertirse en una extraordinaria compañera de lectura. Una que sustituye sistemáticamente nuestra interpretación corre el riesgo de transformar la literatura en una sucesión de respuestas prefabricadas.
Y la literatura, por suerte, nunca ha sido tan obediente.

«Lee largo y escribe largo»: una recomendación casi revolucionaria
Quizá el momento más revelador de la conversación llegó cuando, después de hablar del porvenir tecnológico, Roca recomendó algo que nuestros abuelos habrían comprendido perfectamente.
«Lee largo y escribe largo».
Cinco palabras. Ninguna necesita inteligencia artificial para funcionar.
Y, sin embargo, pocas recomendaciones resultan tan oportunas en una época dominada por la velocidad, los fragmentos breves y la tentación permanente de pasar a otra cosa.
Vivimos rodeados de información. Nunca habíamos tenido tantos textos, imágenes y conocimientos potencialmente al alcance de la mano. Pero abundancia y comprensión no son sinónimos.
Podemos consumir centenares de titulares en un día y terminar la jornada sin haber reflexionado de verdad sobre ninguno.
Es una de las grandes ironías de nuestra época: disponemos de herramientas capaces de resumir bibliotecas enteras, mientras nuestra paciencia para leer unas cuantas páginas parece encogerse.
Leer largo exige una disposición que el entorno digital no siempre favorece: permanecer.
Aceptar que una idea necesita tiempo para desarrollarse. Que determinados argumentos no caben en una frase brillante. Que a veces hay que atravesar páginas difíciles antes de encontrar algo que merezca la pena.
Escribir largo exige todavía más.
Obliga a ordenar pensamientos, detectar contradicciones y descubrir esos huecos de nuestro razonamiento que permanecen cómodamente ocultos mientras solo damos vueltas a las ideas dentro de la cabeza.
Escribir no consiste únicamente en comunicar lo que sabemos. Muchas veces es la manera de averiguar qué pensamos realmente.
Por eso, la recomendación de Roca tiene una dimensión que va mucho más allá de los hábitos culturales.
En un mundo donde las máquinas pueden producir textos en segundos, dedicar tiempo a leer y escribir con profundidad se convierte en una forma de preservar nuestra autonomía intelectual.
No por romanticismo.
Por necesidad.
La cuestión no es si la inteligencia artificial piensa, sino si nosotros dejaremos de hacerlo
A lo largo del encuentro apareció una preocupación que conecta todas las anteriores: nuestra facilidad para delegar decisiones en sistemas que apenas comprendemos.
Las tecnologías digitales poseen una cualidad particularmente seductora. Cuando funcionan bien, desaparecen de nuestra atención. Nos acostumbramos a utilizarlas sin preguntarnos demasiado qué ocurre detrás de la pantalla.
La inteligencia artificial puede llevar esa confianza a un terreno más delicado.
No solo nos ofrece información. También recomienda, clasifica, interpreta, selecciona y genera respuestas con una seguridad que, en ocasiones, resulta mucho más convincente que justificada.
Y ahí surge el riesgo.
Confundir una respuesta bien formulada con una respuesta verdadera. Una recomendación automatizada con una decisión neutral. Una herramienta poderosa con una autoridad incuestionable.
Pero los algoritmos no flotan en un espacio ajeno a los intereses humanos. Se diseñan, entrenan y despliegan en contextos concretos, condicionados por elecciones que pueden favorecer determinadas perspectivas y excluir otras.
La aparente neutralidad tecnológica puede convertirse en una máscara particularmente cómoda para quienes toman esas decisiones.
Por eso, conservar el criterio propio resulta tan importante como aprender a utilizar las nuevas herramientas.
La inteligencia artificial puede ayudarnos a investigar, crear, aprender y resolver problemas. Negar esas posibilidades sería tan absurdo como aceptar que todas sus aplicaciones son necesariamente beneficiosas.
La verdadera madurez tecnológica consiste, probablemente, en mantener ambas ideas en la cabeza.
Aprovechar lo que las máquinas pueden hacer sin renunciar a decidir lo que deberían hacer.
El futuro comienza con una decisión humana
Desde Equilibria, esta conversación nos deja una reflexión que va bastante más allá del debate tecnológico.
En un festival dedicado a los géneros fantásticos, donde imaginar otros mundos forma parte de la propia celebración literaria, Genís Roca y Ricard Ruiz Garzón terminaron recordándonos algo fundamental: ningún futuro merece la pena si para alcanzarlo debemos renunciar a aquello que nos permite cuestionarlo.
La curiosidad. La imaginación. La lectura profunda. El pensamiento crítico. La capacidad de crear y discrepar.
No se trata de levantar barricadas contra la inteligencia artificial ni de recibir cada novedad tecnológica como si fuera una revelación.
Se trata de comprender que las herramientas, por sofisticadas que sean, no deberían decidir por nosotros qué clase de sociedad queremos construir.
Tal vez dentro de unos años nos resulte completamente natural conversar con los libros, escribir con asistentes inteligentes o descubrir nuevas formas de creación que hoy apenas intuimos.
Es posible que muchas de nuestras preocupaciones actuales parezcan exageradas. O que algunas se queden cortas. La historia tiene una habilidad notable para ridiculizar tanto a los profetas del desastre como a los vendedores de paraísos.
Lo que sí podemos hacer es evitar una confusión peligrosa: creer que, porque algo sea técnicamente posible, también es inevitable o deseable.
Roca dejó sobre la mesa una invitación a participar, a discutir y, sobre todo, a no comportarnos como simples espectadores de una transformación que nos afecta directamente.
Quizá esa sea la mejor noticia de toda la jornada.
El futuro no está escrito.
Y precisamente por eso todavía merece la pena sentarse a escribirlo.
Festival 42 de Géneros Fantásticos de Barcelona · 4 de noviembre de 2026 · Fabra i Coats.
Charla: «IA, del futuro imaginado al futuro que construimos», con Genís Roca y Ricard Ruiz Garzón.
- Genís Roca en el Festival 42 «La inteligencia artificial y nuestra responsabilidad ante el futuro» – 6 noviembre, 2026
- Festival 42 2026 – 24 octubre, 2026
- Antes de desaparecer – Relato – 16 septiembre, 2026




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