Fuego Profundo de Susana Torres Cabeza

23 septiembre, 2026 por Gemma N. Escarp

Ficha técnica

  • Título: Fuego profundo
  • Autora: Susana Torres Cabeza
  • Género: Terror psicológico · Body horror
  • Editorial: Ediciones Oblicuas
  • Colección: Alhambra Narrativa
  • Número de páginas: 186
  • Año de publicación: 1.ª edición, 2026

Introducción

Hay autores a los que reconozco en cuanto leo el primer renglón. A mí me ocurre con Susana. Da igual que sea una novela, un relato o uno de sus artículos. Tiene un don especial para meterme dentro de lo que escribe y conseguir que, por un rato, todo lo que hay fuera desaparezca.

Es, además, una estupenda constructora de ambientes. Pero no de forma cargante ni detallista. No necesita describir cada rincón ni entretenerse durante páginas preparando el escenario. No. Va directa a donde más impresiona. O, mejor dicho, donde duele. Sin demasiados rodeos ni eufemismos. Y cuando quiere ser cruda, lo es. Mucho. Hay una visceralidad en su forma de escribir que no intenta apartar la mirada de esas realidades que normalmente preferimos no ver. Porque existen y están entre nosotros.

Con Fuego profundo me ha ocurrido otra vez. Me ha absorbido. Y no una, ni dos, sino tres veces.

Esta lectura tenía, sin embargo, un componente diferente. Es mi amiga y una escritora a la que admiro que, además, me pidió que escribiera el prólogo de esta novela.

Así que entré en Sian por primera vez antes de conocer la historia editada.

Entonces ya escribí sobre fuegos que continúan ardiendo bajo tierra, sobre aquello que creemos enterrado, sobre monstruos, culpa y juicio. Aunque apenas arañé la superficie.

La segunda lectura fue de disfrute, cuando conseguí un ejemplar dedicado. Y en dos noches me la zampé. Cerré el libro y permanecí un rato así, sin pensar. Solo disfrutando de lo que acababa de leer y de todo lo que ella quería decir en realidad.

Y ahora, tras la tercera, viene lo gordo. Mi análisis. Una lectura mucho más concienzuda. He entrado en la grieta y he mirado de cerca las brasas que allí alberga.

La novela nos lleva hasta Sian, un pueblo condenado por aquello que arde bajo sus pies. Una maldición, tal vez. Un juicio, quizás. Casi todos han huido, pero Edgar continúa buscando comida entre los restos de las casas. La polio dejó secuelas en su cuerpo y sobrevive junto a un pequeño grupo de ancianos a quienes llaman «el grupo de las sobras».

Empezamos bien con la denominación. Nos deja muy claro en qué lugar está Edgar.

Y a partir de aquí, Susana comienza a hacer lo que mejor sabe hacer.

Nos mete en su cabeza sin compasión. En el desprecio que siente hacia sí mismo, en cómo cree que lo ven los demás, en el rechazo acumulado durante años y en esa mezcla tan incómoda de lástima, rabia y resentimiento que empezamos a descubrir mientras lo conocemos.

Yo sentí pena por él.

Al principio.

Porque no tardé demasiado en comprender que las peores ruinas no iban a ser las de Sian.

A partir de aquí hablaré de las mecánicas que he intuido en la novela, no de la trama en sí, porque para eso debéis leerla.

⚠️ AVISO DE SPOILERS
Analizaré algunas partes de la novela y será inevitable hacer referencias. Procuraré no desvelar los principales acontecimientos de la trama, pero mencionaré escenas y elementos concretos que pueden considerarse spoilers menores.

Silent Hill

Las grietas

Edgar ha sido rechazado prácticamente toda su vida. Es «el tullido», el diferente, aquel a quien los demás dejan fuera mientras forman sus grupos. La polio marcó su cuerpo, pero las humillaciones y el desprecio hicieron el resto. Con los años ha acumulado una buena colección de complejos, rencores y frustraciones, hasta convencerse de que los demás han podido vivir una vida que a él le ha sido negada.

Enseguida te atrapa la miseria del protagonista. Y no hablo solo de pobreza, sino del círculo de autodesprecio en el que está encerrado. Entras en su paranoia victimista y lo acompañas sin soltarlo de la mano, una página tras otra.

Lo curioso es que tiene motivos para sentirse víctima. Lo ha sido. De la enfermedad, del acoso, del rechazo y de la crueldad de quienes encontraron en alguien físicamente más vulnerable un blanco perfecto. Incluso ha renunciado a su carrera y a marcharse de Sian para cuidar de su abuela, a la que tanto le debe.

Parece que nos encontramos ante un alma buena y atormentada.

Hasta que aparece un caracol.

Puede parecer una nimiedad teniendo en cuenta lo que vendrá después, pero a mí esa escena se me quedó grabada. Edgar encuentra a su lado a un ser todavía más pequeño y vulnerable que él. Cree incluso que se está burlando de su desgracia, descarga toda su rabia sobre él y lo aplasta.

Y sonríe.

Una especie de experimentación de poder contra alguien más indefenso. Por una vez, él decide quién está abajo.

Ahí empecé a darme cuenta de que Edgar era bastante más de lo que parecía.

¿Realmente es solo una víctima?

La grieta que se abre físicamente bajo sus pies empezó entonces a mostrarme otra mucho más difícil de cerrar, la que llevaba dentro. Y la pregunta fue cambiando mientras avanzaba.

Si no hubiera sufrido la polio, el rechazo y las humillaciones, ¿quién sería Edgar? ¿Sería otra persona o determinadas partes de él habrían estado allí de todas formas?

Susana complica todavía más la respuesta con la forma en que va hilando presente y pasado en el momento adecuado. No sentí los recuerdos como interrupciones colocadas para explicarme al personaje, sino como una especie de eco sincrónico, un baile entre dos épocas que se justifican entre sí.

Va desgranando su personalidad a pequeños sorbos. Levantas una capa y aparece otra. Y cuanto más descubres, más oscuro es el lugar donde habitan esas experiencias.

Hasta que leer a Edgar acaba siendo, prácticamente, estar dentro de su mente.

Cuando la víctima se convierte en verdugo

Hay una cosa que me gusta especialmente de esta segunda novela de Susana. Ya lo hacía en Sinforma, pero aquí se nota el salto cuantitativo y cualitativo en la construcción de sus personajes y el esmero con que los trata.

No tiene miedo de meter las manos en la mierda de sus traumas y rebañarse.

Y lo digo como un elogio.

Sus personajes pueden haber sido dañados y hacer daño, odiar aquello que les hicieron y terminar reproduciéndolo sobre otros. Pueden levantar escudos para no volver a sentirse indefensos y acabar utilizando esos mismos escudos como armas.

Edgar es quizá el ejemplo más evidente al principio, pero Lorena termina complicándolo todo mucho más. Él se recuerda como «el tullido», el rechazado, aquel a quien nadie podía mirar con deseo. Sin embargo, cuando conocemos el pasado desde los ojos de Lorena descubrimos que ella sí lo miraba. Le parecía atractivo e incluso llegó a amarlo en secreto.

Pero Lorena era la reina del instituto y Edgar pertenecía al otro extremo de aquella jerarquía. Reconocer lo que sentía significaba poner en peligro su posición, así que participó en su humillación. Pero Lorena, a pesar de la imagen que daba, también era una víctima.

Mientras reinaba en el instituto y se reía de quienes consideraba inferiores, en su propia casa era ella quien vivía sometida. Convirtió la popularidad, la frivolidad y la crueldad en una forma de protección. Para pertenecer había que ocultar aquello que podía convertirte en objetivo y encontrar a alguien situado por debajo.

Ahí encontré una de las ideas que más me interesaron. El paso de víctima a verdugo no siempre necesita una transformación espectacular. A veces ambos pueden convivir dentro de la misma persona.

«Me destruyeron a mí, pero ahora seré yo el destructor».

¿O estamos viendo realmente el nacimiento del monstruo que siempre había estado allí?

Porque quizá los propios miedos pueden convertirse en armas con las que devolver el golpe. Quizá alguien roto puede levantarse y hacerlo de la única forma que conoce, reproduciendo precisamente aquello que lo destruyó.

Y entonces la cuestión deja de ser únicamente qué nos hicieron.

También importa qué decidimos hacer nosotros después con ello.

Todos somos uno

Esa necesidad de pertenecer adquiere otra dimensión cuando el comportamiento del grupo va mucho más lejos.

Para Edgar significa recibir aquello que siempre le habían negado. Ya no es el diferente ni el sobrante. Por fin forma parte de un «nosotros». Lorena, en cambio, conoce desde hace mucho el precio que a veces hay que pagar para conservar un lugar dentro del grupo.

Una comunidad ofrece protección y seguridad, pero también puede diluir al individuo. Y fue imposible no pensar en los mecanismos de las sectas y en cualquier colectividad capaz de absorber la identidad hasta conseguir que pertenecer importe más que aquello que uno habría considerado aceptable estando solo.

En realidad, todo esto ya estaba presente desde el instituto. Pertenecer, imitar, esconder aquello que puede convertirte en objetivo y señalar al diferente para permanecer a salvo dentro del grupo. Solo que ahora Susana lleva el mecanismo hasta un extremo monstruoso.

De víctima individual a verdugo colectivo.

Pero tampoco tengo tan claro que el grupo fabrique monstruos partiendo de cero. Quizá solo les proporciona un lugar en el que determinadas partes de sí mismos pueden salir sin tener que esconderse.

¿Cuánto de lo que hacen pertenece realmente al grupo y cuánto estaba ya en ellos?

El hambre que nunca se sacia

Si tuviera que escoger una imagen que atraviesa toda la novela, probablemente elegiría el hambre.

Hay hambre de comida, por supuesto, y mucha. Pero también de sexo, atención, reconocimiento, afecto, poder, aceptación o pertenencia. Edgar y Lorena parecen llevar dentro un agujero en el estómago que no se sacia, un vacío que no termina de llenarse. Y cuando creen conseguirlo, el placer dura apenas unos instantes antes de desaparecer.

Entonces solo queda el recuerdo.

Y vuelven a él. Lo rememoran. Se regodean. Intentan recuperarlo.

Los dos son, además, personajes enfermos, y creo que esto importa porque Susana no construye su comportamiento únicamente desde el trauma. La enfermedad física y mental, la depresión, las adicciones, la bulimia y las conductas compulsivas aparecen de distintas formas. El cuerpo se convierte en otro campo de batalla desde el que ejercer el control o perderlo, buscar placer, castigarse o intentar acallar aquello que duele.

La propia novela juega con el condicionamiento mediante la referencia al perro de Pavlov. Sonidos, olores, comida, sangre, sexo o determinados recuerdos terminan provocando respuestas que parecen adelantarse a la voluntad.

Y esta parte me llevó inevitablemente fuera de la novela.

Hubo una frase de Lorena que se me quedó especialmente clavada.

«Su faceta de escritora no gustaba tanto como sus fotos en bañador».

Supongo que me tocó de una forma especial porque soy escritora y sé perfectamente de qué está hablando. Puedes dedicar horas a escribir, investigar, divulgar cultura o compartir aquello de lo que te sientes orgullosa y recibir apenas una reacción. Después publicas una fotografía tuya de cualquier fin de semana y aparecen los «me gusta».

Y resulta frustrante. Mucho.

Porque sigue existiendo esa lucha, especialmente para las mujeres, por conseguir que se reconozca nuestro intelecto antes que nuestro cuerpo. Yo he elegido mi faceta de escritora aunque el reconocimiento sea escaso, porque es lo que me llena y una de las cosas que me animan a continuar. Pero entiendo el hambre que puede provocar esa falta de respuesta. Y también la trampa de descubrir que existe una forma mucho más rápida de conseguir atención, aunque no sea por aquello por lo que queríamos ser valoradas.

Por eso acabé pensando también en las redes y en nuestra obsesión por la gratificación inmediata. A veces tengo la sensación de que nos están acostumbrando justo a lo contrario de lo que requiere la cultura. Menos paciencia, menos atención, menos tiempo para detenernos a pensar y una necesidad constante de recibir otro estímulo. Una notificación, un vídeo, una reacción, un «me gusta». Y cuando llega, apenas dura antes de que necesitemos el siguiente.

Otra vez el mismo agujero.

Y llegó un momento en que dejé de preguntarme qué necesitaban Edgar y Lorena para saciarlo y empecé a preguntarme si realmente podía saciarse de esa manera. Quizá parte del horror esté ahí. En seguir alimentando una necesidad sin comprender qué es lo que en realidad tiene hambre.

Bajo el sudario de Sian

Mientras leía fui llenando Sian de otras historias. Algunas conexiones surgieron por una imagen, otras por una sensación o por una idea que de pronto me llevó hasta otra obra. Son asociaciones personales nacidas durante la lectura.

La niebla terminó convirtiéndose para mí en una mortaja que envuelve los edificios, borra sus contornos y deja el pueblo a medio camino entre lo vivo y lo muerto. Pero también acabé viendo en ella un reflejo de aquello que envuelve a Edgar y Lorena por dentro. Los dos arrastran sus propios muertos y todo lo que han intentado sepultar con ellos.

Por supuesto pensé en Silent Hill. Era inevitable y ya lo había hecho cuando escribí el prólogo. La niebla, el pueblo abandonado, aquello que permanece oculto bajo la superficie y la sensación de que el lugar parece exteriorizar parte del horror de sus personajes me devolvían una y otra vez allí.

Después apareció Stranger Things. Bastaron las bicicletas y ese entorno que cada vez parece pertenecer menos al mundo conocido para que mi cabeza terminara en Hawkins. Las partículas suspendidas en El Mundo al Revés reforzaron todavía más esa sensación de estar contemplando un lugar familiar contaminado por aquello que esconde.

La transformación de Edgar despertó asociaciones diferentes. La primera fue La metamorfosis de Kafka y esa ruptura entre el individuo, su cuerpo y la identidad que creía poseer. Pero la descripción del proceso me llevó también a un lugar bastante menos intelectual y mucho más visceral. A Alien y Species. Carne, fluidos, envolturas orgánicas y la certeza de que dentro está ocurriendo un proceso que no debería estar sucediendo.

Susana no necesita enseñármelo. La descripción basta para que mi cabeza haga el trabajo sucio.

Y no fueron las únicas. Las ratas y determinadas formas de sometimiento trajeron a Renfield y el Drácula de Coppola. La colectividad moviéndose casi como un único organismo me recordó a las avalanchas de cuerpos de World War Z. Y cuando apareció una flauta junto a las ratas, Hamelín terminó de colarse en Sian.

Precisamente esto es una de las cosas que más disfruto cuando leo. Las historias dejan de pertenecer por completo a quien las escribió en cuanto entran en la cabeza de otra persona. Allí se mezclan con otras lecturas, películas, recuerdos e imágenes y crean conexiones nuevas.

Hasta el nombre de Sian acabó provocándome una.

Fue inevitable relacionarlo fonéticamente con Sion y, una vez apareció la asociación, ya no pude dejar de darle vueltas. La idea de una comunidad unida por una identidad compartida y por la pertenencia a algo que la trasciende encajaba demasiado bien con lo que acababa de leer.

Y cuanto más pensaba en ello, más perversa me parecía la imagen de Sian como una especie de tierra prometida para quienes antes no tenían ningún lugar al que pertenecer. Edgar, precisamente él, acaba encontrando un sitio donde deja de ser el rechazado. Forma parte de un todo y ya no permanece fuera mirando cómo viven los demás.

Solo que esta tierra prometida está podrida.

Alimentar a la niña interior

Nana me llevó a otro lugar.

En mis apuntes escribí que la había interpretado como «la niña que Lorena realmente fue, la que escondió y encerró en su propia mente». Y sigo viéndola así.

No porque Nana no exista como personaje por sí misma, sino por lo que empezó a representar para mí mientras leía.

Hay una idea muy extendida sobre cuidar o «alimentar» a nuestro niño interior. Lorena, en cambio, tiene delante a una niña real a la que puede proporcionar aquello que ella decida.

Y la alimenta.

Solo que la pregunta es con qué.

Porque Lorena puede alejarse de su antigua vida, de su familia y de quienes le hicieron daño. Puede marcharse lejos e intentar empezar de nuevo. Lo que no puede hacer es desprenderse con la misma facilidad de todo lo que lleva dentro.

En mis apuntes lo escribí de una forma bastante menos bonita y creo que bastante más exacta.

Arrastramos esas mierdas que nos echaron encima y, aunque nos vayamos lejos y tratemos de ocultarlas, no siempre conseguimos abandonarlas. A veces acabamos echándoselas a otro.

Eso fue lo que Nana terminó representando para mí.

No una repetición exacta de Lorena, sino la posibilidad de transmitir aquello que aprendimos mientras intentábamos sobrevivir. De enseñar a otro a enfrentarse al mundo desde nuestros propios temores, nuestra rabia o nuestras defensas creyendo, incluso, que lo estamos protegiendo.

Y ahí vuelve una de las imágenes más brutales que anoté durante la lectura.

Cerrar heridas a cañonazos hasta que el amasijo de carne ya sea indivisible de la monstruosidad.

Quizá uno pueda levantarse después de haber sido destruido.

La cuestión es qué se levanta con él.

 

El tramo final

Hasta aquí he hablado sobre todo de lo que me ha gustado, pero hubo una parte que no terminó de funcionarme igual.

Y, curiosamente, empezó por Edgar.

Cuando Lorena comenzó a ocupar el centro de la historia, me costó muchísimo dejarlo atrás, incluso después del horror de algunas de las cosas que había hecho. No quería soltarlo. Susana me había encerrado en su victimismo, sus contradicciones, su paranoia y su resentimiento y yo todavía no había terminado con él.

Quería seguir dentro de aquella cabeza.

Después fui entrando también en Lorena, que termina siendo un personaje mucho más complejo de lo que parece cuando la conocemos únicamente a través de los recuerdos de Edgar. Pero durante un tiempo me quedó ese poso de insatisfacción que anoté durante la lectura. Me habían sacado de un personaje cuando yo todavía no quería salir y me costó agarrarme al siguiente.

A esa sensación se añadió otra durante el tramo final. Hasta entonces, Susana había ido dejando vacíos para que yo rumiara las posibles respuestas y, unas páginas después, descubriera que el desarrollo real no era ninguno de los que había imaginado. Ese juego me gustó mucho. Hacia el desenlace, en cambio, empecé a sentir que los sucesos se solapaban y que el tempo del principio se diluía.

No es que faltaran todas las respuestas. Al volver sobre algunos pasajes descubrí que muchas estaban allí.

Lo que a veces me faltó fue el camino.

Me ocurrió con la radio y una simple entrevista aleatoria. La fuerza que llega a tener esa emisión para quebrar un sometimiento que hasta entonces parecía casi absoluto me pareció injustificada. Entendía lo que sucedía, pero no terminaba de comprender qué había escuchado Lorena capaz de provocar semejante reacción. En Edgar, en cambio, me resultó mucho más coherente por estar vinculada a su propia vida, sus recuerdos y aquello que todavía quedaba de quien había sido. Recordad que había estado dentro de su cabeza durante toda la primera parte del libro, así que no me extrañaba. ¿Pero Lorena? Sobre ella no sabía prácticamente nada.

También tuve que reconstruir algunas de las reglas relacionadas con el sonido, la conexión entre los miembros del grupo y la infección. Hay elementos anteriores que permiten encajar piezas, pero habría agradecido que esos mecanismos quedaran algo más claros antes de resultar decisivos.

Con la flauta esta sensación fue todavía mayor. El recurso me gusta y la imagen me encanta —Hamelín se me apareció inmediatamente—, pero habría agradecido encontrar antes alguna pequeña semilla que preparase su aparición, por ejemplo, saber que Lorena había estudiado música. De pronto muestra unas habilidades que nunca se habían mencionado antes. La música ya tiene importancia en la novela y ella llega a cantar, así que la idea no surge completamente de la nada. Aun así, me faltó ese paso intermedio.

Y esa fue mi sensación durante buena parte del desenlace. Podía entender dónde había llegado la historia, pero no siempre había recorrido con ella todo el trayecto.

Me faltaron rellenar algunas lagunas.

Quizá unas cuantas páginas más habrían bastado.

Valoración

Nunca sabía muy bien qué pensar de Edgar. Sentía pena por él, después me enfadaba, volvía a comprenderlo y, cuando empezaba a creer que sabía quién tenía delante, hacía cualquier cosa que volvía a desmontármelo.

Y creo que eso resume bastante bien lo que me ha ocurrido con esta novela.

Susana rasca. Y rasca otra vez. Cuando parece que ya hemos llegado al fondo, todavía encuentra algo debajo. No para proporcionarnos una explicación sencilla de por qué alguien es como es, sino para complicarlo un poco más.

Porque una de las ideas que más vueltas me ha dado durante estas tres lecturas tiene que ver precisamente con eso. Podemos ser víctimas y verdugos. Podemos intentar escapar de aquello que nos hicieron y terminar reproduciéndolo. Podemos levantar defensas para sobrevivir y convertirlas después en armas. Podemos desear formar parte de un grupo hasta entregar una parte de nosotros para conseguirlo. Y podemos pasarnos la vida intentando llenar un agujero sin preguntarnos siquiera por qué continúa vacío.

Pero también podemos elegir.

Y quizá esa sea una de las cuestiones que más me interesan de todo lo que plantea Susana. De qué forma elegimos mirar el mundo después de lo que nos ha ocurrido. Desde la miseria, el resentimiento y la certeza de que todo nos ha sido arrebatado, o intentando salir adelante a pesar de ello. Dejando de creer por completo en los demás o conservando todavía alguna parte de nuestra fe en ellos.

No sé si la novela ofrece una respuesta.

Tampoco creo que la necesite.

Conclusión

Podría contar mucho más, pero no voy a hacerlo. Hay que leerlo, porque lo merece. Hay demasiado en esas páginas como para seguir desgranándolo sin acabar contando más de lo que debería.

Sigo encontrando detalles que no había visto antes, conexiones nuevas e ideas a las que continúo dando vueltas. Muchas más de las que he contado aquí, pero he tenido que seleccionar para que esto no acabara convirtiéndose en un ensayo.

Quizá sea eso lo que más valoro.

Esta historia no se agota una vez conocida ni se conforma con provocar miedo, repulsión o hacernos disfrutar del género. Bajo todo ese horror hay profundidad e intención. Habla de injusticia, enfermedad, adicciones, indefensión, responsabilidad, familia, deseo, poder, pertenencia y de lo que podemos llegar a hacer con aquello que nos hicieron. Y aun así, después de todo lo que he escrito, tengo la sensación de haberme dejado cosas dentro.

En la dedicatoria de mi ejemplar escribió «A Gemma, mi compañera de escritura y de aventuras literarias y mucho más. Mi amiga. No cambies nunca».

Compañera y amiga.

Sí.

Pero para mí también es mucho más. Es una escritora a la que admiro y de la que me siento especialmente orgullosa. Le deseo toda la suerte del mundo porque sé cuánto trabaja, cuánto lucha y la voluntad de hierro que hay detrás de cada una de esas páginas. Y precisamente porque Susana es mi amiga he querido escribir esta reseña con todo el cariño, pero también con toda la sinceridad que merece su trabajo. Disfrutando de lo que me ha fascinado y señalando aquello que, como lectora, he echado en falta.

Cuando escribí el prólogo todavía no sabía adónde iba a llevarme Sian.

Ahora sí.

Bueno, más o menos.

Porque después de tantas páginas entre su niebla, sus grietas, sus ratas y sus fuegos incombustibles, todavía no tengo demasiado claro si he conseguido salir de allí.

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Fuedo profundo de Susana Torres Cabeza

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Cántabo. Una historia de Equilibria.
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